(Sin espoilers. Del tercer episodio de la segunda temporada de El ala oeste de la Casa Blanca, The Midterms.)
A Obama le ha quedado muy Bartlet eso de apoyar el matrimonio gay a pocos meses de las elecciones. El personaje de Sorkin no se atrevió a tanto durante sus dos mandatos al frente de El ala oeste de la Casa Blanca. Parece que fue ayer cuando empezamos a perseguirle a deshoras por La 2 de Televisión Española y han volado quince años desde que Martin Sheen se convirtiera en el mejor presidente de Estados Unidos. Eran otros tiempos y una audacia como la de casar a sodomitas y bolleras ni se planteaba. Nostalgias rancias aparte, es un alivio comprobar que el sentido común termina por imponerse a la cerrilidad. No sé qué historias de perversión trepidante le habrán contado al obispo de Alcalá de Henares pero la época en que los hombres que gustaban de refregarse con otros hombres sólo podían buscar plan a oscuras en un puticlub, acuciados por la amenaza de que la policía diera una patada en la puerta, se van quedando cada vez más lejos. Lo normal es que esos señores se despierten abrazados, remoloneado, con la luz de la mañana iluminándoles la cara, en habitaciones de casas hipotecadas a medias. El sexo sigue siendo furtivo, claro, pero como lo es el de cualquier otro padre de familia cuyos hijos duermen en el cuarto de al lado. Todo muy aburrido y muy convencional, como, al parecer, retrata la nueva serie de Ryan Murphy.
La Stonewall Inn, símbolo de aquellos días penosos del oscurantismo y el cachiporrazo, continúa en el West Village pero, lejos de ocultarse, ahora exhibe con chulería una bandera multicolor en su fachada. La puedes ver desde uno de los laterales del restaurante de la acera de enfrente, el Joseph Leonard, mientras te toca el turno para cenar. Este pequeño local no admite reservas y sólo tiene media docena de mesas. Vale la pena esperar porque es muy cuco, tiene buenos precios y los platos son una discreta representación de la cocina tradicional americana envuelta en el rollo de "apartamento shabby- chic” que, como bien apuntaba el New Yorker en una reseña, impregna el ambiente. Delicioso el pollo asado en sartén, nativo del sur, con la piel crujiente y el interior tierno, acompañado de un succotash de verduritas, maíz y judías de Lima salteadas con mantequilla. Y en honor a otro cuento antiguo sobre lecciones morales, también me tomé unas ostras traídas de Virginia. Con gusto y apetito, he de decir.
No se me ocurre ninguna razón para no ir a John’s Pizzeria si
estás en Nueva York. Se encuentra en Bleecker Street, o sea que puedes echar la tarde
enredando por el Village, ir a cenar directamente y tomar una copa en un lugar
bonito, sin tener que salir del barrio. La comida es buenísima y muy barata. No
es cierto que sólo sirvan pizza, también hay bocatas y pasta hecha a la
italoamericana, con la receta que Clemenza le dio a Michael para cuando
“tuviera que guisar para veinte”: unos ajos fritos en aceite de buena calidad,
tomate natural y tomate en lata, salchicha,
las desmesuradas meatballs, vino y
azúcar. Todo el que ha sido alguien en el universo de la ficción mafiosa, desde
Gandolfini a Sinatra, ha pasado a comer por John’s y tiene su foto colgada en
algún rincón del local. Las pizzas, de superficie irregular, rugosa y
crujiente, están hechas en horno de leña, tienen mil ingredientes para elegir y
cuidado, 14 pulgadas (inches) son 35
centímetros, o sea que el diámetro de la pizza más pequeña es equivalente al de
un balón de playa desinflado. Os dejo mi momento cinematográfico favorito
relacionado con John’s Pizza:
Mariam se ha ido hoy a Nueva York y yo me muero de la envidia. “Restaurantes, recomiéndame restaurantes” me decía el miércoles pasado, cortando mi entusiasta espíritu de cicerone. Me sorprendí cayendo en ese tópico de “la mejor hamburguesa, en el Corner Bistro” Pero es que es completamente cierto. Es la mejor. De las que yo he probado, claro. Siempre habrá quien se dé pisto e intente convencerte de que lo que se sirve en este bar del West Village, pequeñito, oscuro y nada atildado, no es para tanto: como en el capítulo de Cómo conocí a vuestra madre titulado igual que este post, que la mejor hamburguesa te la tomas en un garito sin nombre, perdido en no sé qué barrio, con una puerta verde y un letrero de neón rojo en el que se lee “burger”. Pues fenomenal, pero si no me sabes indicar las coordenadas, seguiré volviendo al Corner Bistro.
En “the last of the bohemian bars in West Greenwich Village”, puedes comer en la barra o en la mesa. Elijas lo que elijas, te tocará esperar. Siempre hay cola pero, como no sirven postres ni cafés, el relevo es bastante rapidito. La hamburguesa es deliciosa. Pequeñita, especiada y jugosa, metida en un pan con regusto dulce, poco voluminoso y pelín elástico, que deja marcada la huella ondulada de los dedos sobre la cubierta de sésamo. Las patatas, cortadas finitas para garantizar el punto de crujido perfecto, van aparte; los platos y cubiertos son de plástico, se usa, se tiran y que pase el siguiente. Tienen un montón de cervezas, de barril y de botella y las sirven frías. Y es baratísimo. Baratísimo para el Village, para Nueva York, para Madrid y para Albacete (supongo, nunca he estado). Pero, cuidado, llevad preparados los billetes porque no aceptan tarjetas.
Este es un post de San Valentín con casi un mes de retraso. Para una cena romántica en Nueva York a precio controlado, La Lanterna di Vittorio. Ya sé que lo del italiano para cenar en pareja es un topicazo pero este localito del Village es precioso. El área que da al ventanal expuesto a la calle MacDougal tiene trazas de cafetería clásica, mesas de mármol y thonet marrones; muy cuco pero convencional.
El puntazo de este sitio es la zona del fondo, un pequeño invernadero de paredes y techo acristalados. Las enredaderas y arbolitos crecen libremente entre elementos decorativos sui géneris y tenues puntos de luz. La carta es breve, tablas de quesos y patés, y pizzas para todos los gustos, ricas, sin alardes. Tienen una extensa selección de vinos que no incluye ningún español. Como todos los que no tenemos ni idea de esto, suelo sucumbir al “Efecto Sideways” y siempre elijo el Pinot Noir más barato, convencida de que el mínimo de calidad está garantizado (el término “Efecto Sideways” no me lo he inventado yo. Un Doctor en Económicas de la Sonoma State University tiene un estudio con ese título sobre cómo los comentarios del protagonista de la película de Alexander Payne, el personaje interpretado por Paul Giamatti, influyeron el auge de consumo de la variedad Pinot Noir así como en el desplome de las ventas y del prestigio de Merlot) Ese día, para intentar compensar y ante el desproporcionado precio del Pinot Noir, pedimos Merlot. Pff... Giamatti tenía razón...
Resumiendo, La Lanterna di Vittorio es ese rinconcito especial para una noche de dos. Los aficionados al Jazz pueden, además, poner el colofón acercándose a tomar una copa al mítico Blue Note que se encuentra a la vuelta de la esquina.
Miles (Paul Giamatti) tiene muy claro
que no piensa probar una gota de Merlot.
"Sideways" ("Entre copas") 2004
A propósito de romanticismo y vino,
aquí esta la maravillosa descripción del Pinot Noir
con la que Miles se camela a Maya (Virginia Madsen)
Llevo todo el fin de semana soñando con las cup cakes del Magnolia Bakery. Desde que dejé de fumar me dan ataques de hipoglucemia y yo, que nunca antes había tomado postre en mi vida, necesito meterme un atracón de dulces entre pecho y espalda. He visto cuarenta millones de recetas en Youtube y ninguna revela cuál es el ingrediente secreto que las hace tan adictivas. Porque no es una simple magdalena con crema dulce encima. Después del primer mordisco, y aunque estés llena a reventar, quieres otra y otra y otra. Menos mal que no las tengo a mano porque si no terminaría protagonizando mi propia versión de “El dilema”, gorda cebona como Russell Crowe, demandando en los tribunales a las dueñas por atrofiarme las arterias con azúcar y mantequilla.
Típico "quinqui" del West Village
La culpa de todo, claro, la tiene la tele. Me topé el otro día con el capítulo de "Sex and the City" en el que Carrie le cuenta a Miranda queha conocido a Aidan mientras devoran sendas Barbie cupcakes sentadas en la puerta de la neoyorquina pastelería. Como casi todo lo que tiene que ver con esta serie (de la que sigo siendo fan absoluta) lo vulgar se convierte en trendy, y de nuevo me apeteció ir corriendo a Manhattan a charlar de fruslerías con la boca llena, dejando que trozos de bizcocho se me caigan literalmente de la boca. Aunque parezca que lleva ahí desde los tiempos de la huerfanita Annie, la solera de Magnolia Bakery es de mentira. Abrió sus puertas en 1996 y casi de inmediato se convirtió en un must de la vida manhateña. El asiento de madera que aparece en la serie no existe y todo lo que sirven en la tienda, incluido el café, es para llevar. Pero justo enfrente hay un parquecito con bancos y mesas de piedra donde las treintañeras y mariquitas del SATC Tour degustamos nuestras “mucho más que magdalenas”. Y aunque es cierto que hay horas del día en que las colas dan la vuelta a la manzana, si vas entre semana a desayunar, estarás en el parque a tu aire y tan agusto, sólo acompañada por los borrachos del barrio.