Comer en Little Italy es el equivalente en turisteo a
tomarse una paella en la Plaza Mayor de Madrid, con la diferencia de que
cualquier italiano que se precie, por muy marrullero que sea, nunca caería tan
bajo como para presentarte un plato de pasta mal cocinado. En Positano la comida está muy buena y no
es cara. Si hace sol, puedes comer fuera, y si no, dentro en el comedor que
preside una reproducción de la Sagrada Familia Italoamericana.
No se me ocurre ninguna razón para no ir a John’s Pizzeria si
estás en Nueva York. Se encuentra en Bleecker Street, o sea que puedes echar la tarde
enredando por el Village, ir a cenar directamente y tomar una copa en un lugar
bonito, sin tener que salir del barrio. La comida es buenísima y muy barata. No
es cierto que sólo sirvan pizza, también hay bocatas y pasta hecha a la
italoamericana, con la receta que Clemenza le dio a Michael para cuando
“tuviera que guisar para veinte”: unos ajos fritos en aceite de buena calidad,
tomate natural y tomate en lata, salchicha,
las desmesuradas meatballs, vino y
azúcar. Todo el que ha sido alguien en el universo de la ficción mafiosa, desde
Gandolfini a Sinatra, ha pasado a comer por John’s y tiene su foto colgada en
algún rincón del local. Las pizzas, de superficie irregular, rugosa y
crujiente, están hechas en horno de leña, tienen mil ingredientes para elegir y
cuidado, 14 pulgadas (inches) son 35
centímetros, o sea que el diámetro de la pizza más pequeña es equivalente al de
un balón de playa desinflado. Os dejo mi momento cinematográfico favorito
relacionado con John’s Pizza:
Mi amiga la medio italiana sibarita me descubrió hace unos
meses esta casa de comidas en la zona de Alonso Martínez y, desde entonces,
estoy deseando volver. Sirve copiosas raciones de recetas caseras de cocina sarda
en un entorno sobrio, rústico- chic. El jefe del local es TAN italiano que
parece uno de esos actores que exageran el acento y el amaneramiento propio de
los transalpinos. Nos recibió con muchos aspavientos, mi amiga va muy a menudo,
pero con la autosuficiencia del que sabe que no necesita hacer la pelota. ¿Por qué
debería? Su producto es de primera categoría y supone una oferta diferente que evita,
además, los lugares comunes de los restaurantes italianos. No busquéis pizza primavera
ni espagueti cuatro quesos, y dejaos aconsejar con los especiales del día. Mis
orecchiette con gambas y alcachofas no estaban en la carta y hubiera sido una
pena perdérselos.
En siguientes visitas, he probado tres platos distintos en este restaurante, todos ellos cocinados con alcachofa, y cada uno mantiene una identidad genuina, un sabor único.
Ruidosa casa de comidas atestada de estudiantes que en las
noches de fin de semana hacen cola a la intemperie para conseguir un hueco en
uno de los rústicos bancos de madera del comedor. Tiene una carta amplia y un
menú del día asequible, todo a base de platos tradicionales del norte de Italia:
pastas, “bisteccas” y mortadela. Los tagliatelle al ragu de la foto estaban tan
al dente y jugosos como parece.
Lo que aquí llamamos salsa boloñesa allí lo denominan “al
ragu”
Este es un post de San Valentín con casi un mes de retraso. Para una cena romántica en Nueva York a precio controlado, La Lanterna di Vittorio. Ya sé que lo del italiano para cenar en pareja es un topicazo pero este localito del Village es precioso. El área que da al ventanal expuesto a la calle MacDougal tiene trazas de cafetería clásica, mesas de mármol y thonet marrones; muy cuco pero convencional.
El puntazo de este sitio es la zona del fondo, un pequeño invernadero de paredes y techo acristalados. Las enredaderas y arbolitos crecen libremente entre elementos decorativos sui géneris y tenues puntos de luz. La carta es breve, tablas de quesos y patés, y pizzas para todos los gustos, ricas, sin alardes. Tienen una extensa selección de vinos que no incluye ningún español. Como todos los que no tenemos ni idea de esto, suelo sucumbir al “Efecto Sideways” y siempre elijo el Pinot Noir más barato, convencida de que el mínimo de calidad está garantizado (el término “Efecto Sideways” no me lo he inventado yo. Un Doctor en Económicas de la Sonoma State University tiene un estudio con ese título sobre cómo los comentarios del protagonista de la película de Alexander Payne, el personaje interpretado por Paul Giamatti, influyeron el auge de consumo de la variedad Pinot Noir así como en el desplome de las ventas y del prestigio de Merlot) Ese día, para intentar compensar y ante el desproporcionado precio del Pinot Noir, pedimos Merlot. Pff... Giamatti tenía razón...
Resumiendo, La Lanterna di Vittorio es ese rinconcito especial para una noche de dos. Los aficionados al Jazz pueden, además, poner el colofón acercándose a tomar una copa al mítico Blue Note que se encuentra a la vuelta de la esquina.
Miles (Paul Giamatti) tiene muy claro
que no piensa probar una gota de Merlot.
"Sideways" ("Entre copas") 2004
A propósito de romanticismo y vino,
aquí esta la maravillosa descripción del Pinot Noir
con la que Miles se camela a Maya (Virginia Madsen)
En el Due Torri la porción de pizza cuesta un euro con cincuenta. La masa no es, desde luego, esa torta horneada de forma cariñosa de los ristorantes de postín, pero le da sopas con honda al Telepizza. Además, los ingredientes son ricos y la grasaza que suelta la mozzarella no satura; por un poco más de dinero (no mucho), te la preparan con búfala. Punto obligado de los estudiantes es una muy buena opción también para los turistas que estén pateando el centro y que prefieran dejar la gran panzada, vino, tiramisú y spresso, para la cena.
La cuenta, por favor
Leo en Wikipedia que se le atribuye a San Ambrosio, teólogo del siglo IV y ciudadano imperial, la frase “si estás en Roma, haz lo que hacen los romanos y si estás en otro sitio haz lo que hacen allá” (“si fueris Rōmae, Rōmānō vīvitō mōre; si fueris alibī, vīvitō sicut ibi”) El mundo anglosajón ha incorporado a su saber popular la primera parte del consejo (“when in Rome, do as the Romans”) mientras que los hispanohablantes hemos hecho lo propio “subjuntivado” la segunda (“allá donde fueres, haz lo que vieres”). De una u otra manera, es un puntazo compartir cotidianidad con los habitantes autóctonos en el epicentro turístico de una gran capital. Y cuando eso ocurre en Roma, rizamos el rizo.
El tiramisú (casero, claro)
es espectacular.
A escasos metros de la Fontana di Trevi se encuentra la Trattoria della Stampa. Hay que callejear un poquito así que conviene tener el mapa o el GPS a mano. Pedir indicaciones en esa zona sirve de poco ya que está atestado de extranjeros. Los auténticos romanos están metiéndose entre pecho y espalda unos bucatini all’Amatriciana (especialidad de la casa) y una ensalada Caprese (tomate, mozzarella y basílico) como Dios manda. El local tiene pinta de escenario preparado de tan auténtico que es: peperoncino y ajos como elemento decorativo; longaniza, salami y prosciutto colgando del techo; manteles de cuadros, sillas de madera, y un señor una señora y una chica que, como protagonistas en una película de De Sica, bien podrían ocultar mucha pena detrás de sus caras sonrientes.
A mí me pareció barato, no olvidemos que se trata de comida casera pero de calidad y una buena pasta al dente no tiene precio, ¿o sí? Qué sé yo, doctores tiene la Iglesia. Por cierto, San Ambrosio es uno de ellos.
El plato del día del Pilar en la Vecchia Milano ha sido Papardelle a la liebre. Esta receta típica de la ciudad toscana de Siena cocinada con destreza ha resultado el complemento perfecto a un martes de fiesta, gris y melancólico. Se me ha quedado alojada durante toda la tarde, entre la nariz y la boca, la mezcla de la esencia de la carne, tierna y hebrosa, con la fragancia contundente del romero. Maravilloso sabor de campo en otoño.
Un rinconcito muy auténtico sin demasiadas florituras esta trattoría en la zona de Argüelles.
Impecables también los Spaghetti al olio di tartufo.
Después de una tarde maratón de Los Soprano tenía un antojo irrefrenable de comer pasta y me acordé de Luna Rossa, una trattoría napolitana muy cercana a la Gran Vía en la que había estado hace tiempo. El local ha perdido todo su encanto; en vez de las velitas, los manteles de cuadros y el Torna Sorrento de fondo que recordaba, me encontré con una pantalla de cincuenta pulgadas suspendida del techo en la que daban en bucle las hazañas de la Selección Nacional, a veinticuatro horas de la gran final. Pedimos unos gnocchi cuatro quesos suavecitos tirando a simplones, cocinados con mucha ricota y nada de gorgonzola, y unos spaguetti nero con pulpitos y tomate que lo mismo podía haber sido los de atrezzo que Paulie desprecia en la comida con los mafiosos italianos del capítulo cuatro de la segunda temporada, porque no sabían a nada. Lo mejor, la deliciosa focaccia de rúcula y pancetta y el vino siciliano Nero D’Avola. El tiramisú, prescindible. Conclusión, si vais, pedid pizza y que os apaguen la tele.