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John's Pizzeria





Cómo llegar
Teléfono: +12122431680
La cuenta, por favor


No se me ocurre ninguna razón para no ir a John’s Pizzeria si estás en Nueva York. Se encuentra en Bleecker Street, o sea que puedes echar la tarde enredando por el Village, ir a cenar directamente y tomar una copa en un lugar bonito, sin tener que salir del barrio. La comida es buenísima y muy barata. No es cierto que sólo sirvan pizza, también hay bocatas y pasta hecha a la italoamericana, con la receta que Clemenza le dio a Michael para cuando “tuviera que guisar para veinte”: unos ajos fritos en aceite de buena calidad, tomate natural y tomate en lata, salchicha, las desmesuradas meatballs, vino y azúcar. Todo el que ha sido alguien en el universo de la ficción mafiosa, desde Gandolfini a Sinatra, ha pasado a comer por John’s y tiene su foto colgada en algún rincón del local. Las pizzas, de superficie irregular, rugosa y crujiente, están hechas en horno de leña, tienen mil ingredientes para elegir y cuidado, 14 pulgadas (inches) son 35 centímetros, o sea que el diámetro de la pizza más pequeña es equivalente al de un balón de playa desinflado. Os dejo mi momento cinematográfico favorito relacionado con John’s Pizza: 


Red Lobster





Cómo llegar
Teléfono: +12127306706


La cuenta, por favor


Esta es una imagen de la primera vez que fui a Nueva York.


Esa langosta de plástico promocionaba la cadena de restaurantes Red Lobster y debía seguir la misma ruta que los autobuses de turistas porque, allá donde fuéramos, el marisco sobre ruedas aparecía. Era el año 2000, yo no tenía ni un duro para gastar y comer era secundario. Por culpa de @arenasllop, mi camarada en aquel viaje iniciático, asocié durante años la imagen del crustáceo a “los mariscos de Sam Woo” por los que Woody Allen decía que merecía la pena vivir.

¡Qué mal comimos entonces! Qué reparo nos daba sentarnos en cualquier sitio y hacer el paleto: leer los precios de forma incorrecta, pedir demasiado, no calcular bien la propina y acabar fregando los platos… Como Mark y Joana en “Dos en la carretera”, terminábamos colando chucherías de extranjis en la habitación del hotel para calmar el ruido de nuestras tripas.

En siguientes visitas a Manhattan, siempre que pasaba por Times Square, tenía un reflejo pavloviano total cuando veía el enorme cangrejo colgado de la fachada del restaurante: empezaba a salivar convencida de que la langosta era el plato más apetecible del mundo. Claro que me daba reparo su condición de monstruo atrapa guiris, pero un día, sin meditarlo mucho, me lancé: iba a zamparme una suculenta langosta en el Red Lobster. Ahora ya tenía margen de crédito en la tarjeta y nadie me pondría la cara colorada si la cuenta se iba de las manos. 

Lobsterita!
No esperaba marisco de calidad. Esperaba la versión americana del marisco, algo muy grande, con rebozados y salsas: plástico adornado pero plástico sabroso. La cosa se quedó en plástico sin más. La famosa melted butter con la que acompañan todos los platos no es un aderezo de mantequilla, es grasa sin sabor y no le hace ningún apaño a un animalito que, si estuvo vivo en Maine en algún momento, fue encerrado en un vivero. Sin embargo, y a pesar de que aún recuerdo esa carne insulsa y enguachinada como uno de los grandes bajones culinarios de mi vida, la visita mereció la pena por un motivo: la lobsterita, o lo que es lo mismo, una pinta de margarita de fresa servida en copa, que me emborrachó lo suficiente como para no tomarme demasiado en serio el dispendio.