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Cisne azul
Cómo llegar
Teléfono: 915213799
La cuenta, por favor
A mí me dices Cisne azul y pienso en un garito gay de los ochenta o en un perfume empalagoso de señora mayor. Nunca habría asociado ese nombre al bareto que es y mucho menos, a su tapa estrella: las setas. Lejos de cualquier refinamiento se trata de un auténtico bar español de esos que tienen los días contados. Contrario a lo que pueda parecer, y aunque yo se la tenga jurada al plato cuadrado, no creo que sea ninguna desgracia que desaparezcan aquellos locales que se sienten orgullosos de echar serrín en lugar de coger la fregona, de tener la barra siempre pegajosa y de carecer sistemas de ventilación homologados por el simple hecho de ser “de aquí”. Algo más habrá que ofrecer para que los vasos rayados por la cal y el olor a fritanga incrustado en la ropa durante días merezcan la pena: un producto de primera, pongamos por ejemplo. Cisne azul siempre está de bote en bote: por algo será. La experiencia tradicional está garantizada, pero es que también deleita a sus clientes con una selección de las mejores setas de temporada.
No ha llovido mucho desde el final del verano, no obstante los expertos aseguran que la cosecha de 2012 va a ser excelente. Podéis acercaros a la calle Gravina de Madrid durante todo el año, a disfrutar de los boletus y los lentinus, de los níscalos de otoño y de los perretxikos cuando llegue la primavera. O podéis aprovechar para hacer una excursión a Soria, donde hasta el día 30 de octubre se celebra la V semana de la tapa micológica.
Robata
Teléfono: 915218528
¿Ha cerrado el Robata?
El Robata es uno de los restaurantes japoneses más laureados de Madrid. Un espacio precioso, con tatamis reservados para comer en el suelo, puertas correderas con paneles traslúcidos de papel de arroz, complementos en madera de cerezo… y un sashimi delicioso a un precio nada competitivo. Hace años que no iba. Hay taaantos japoneses para elegir en Madrid y, de un tiempo a esta parte, tan poco dinero en el bolsillo que siempre tiro por una opción más asequible. Bueno pues anoche, a eso de las 12, pasé por delante de la puerta y me encontré este panorama.
He llamado al número de teléfono y ONO me informa de que actualmente no hay ninguna línea en servicio con esta numeración. ¿R. I. P. Robata?
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Janatomo
Cómo llegar
Teléfono: 915215566
Al principio, el Janatomo fue un restaurante chino regentado por japoneses; como Manchuria en los años 30 pero de buen rollo. Lo único que quería el matrimonio Ikenaga, los dueños, era que los madrileños setenteros acudieran a su local, y estos preferían el arroz tres delicias al sushi. En la web comerjapones.com describen cómo este garito, en la linde de Chueca con Gran Vía, evolucionó con los tiempos y recuperó su raíz nipona cuando comer pescado crudo se convirtió en algo imprescindible para todos nosotros, modernos de pueblo. Crearon así un sitio de comida asiática- fusión con lo mejor de cada casa. Los más puristas le acusan de no ser un “japonés auténtico”, toma ya, sin complejos racistas. Que digo yo, sabrán ellos mejor que los Ikenaga cómo se cuecen los tallarines en Osaka.
No tengo ni idea de dónde vienen, pero los rollos de viera son maravillosos y crean adicción. Además, el surtido de sashimi es completísimo y de muy buena calidad. El servicio es muy agradable, el local es sencillo y elegante y, sobre todas las cosas, tiene un precio estupendo para ser japonés. .
Indochina

Cómo llegar
Teléfono: 915240318
La cuenta, por favor
'Twas the week before Christmas...
(kubelick dice)
En mi oficina todo el mundo lleva un par de semanas quejándose porque los recortes presupuestarios han alcanzado a la cena de Navidad. Lejos de sumarme a los lamentos he pasado estos últimos quince días aliviada por la idea de que, por fin, este año nos libraremos de participar en lo que básicamente es una estratagema del jefe para “velar por su popularidad y ganarse el afecto de sus colaboradores, por insignificantes que sean”.

Es más, como loca de contento he estado, ilusionada por no tener que malgastar una noche obligándome a compartir más rato del necesario con gente con la que ya paso demasiado tiempo. Por que qué es la cena de Navidad de la empresa sino un grupo de “mamíferos vestidos y de pulgar oponible que buscan (cualquier cosa salvo) inteligencia o ternura obsesionados a la caza de prepotencias calibradas por el número y calidad de sus relaciones.” Qué es sino jefecillos de todo esto que, “vasos escarchados en mano y contemplando los cubitos flotantes (fingen escuchar al pelmazo del subalterno,) inútil de cara a su ascensión mundana o profesional, (solo porque le produce) un efímero placer de poder y de afable desprecio.” Bien es cierto que, a veces, en una cena de empresa prima “lo sexual, atenuando o suprimiendo lo social”. Sí. Hay gente que aprovecha estas ocasiones para pillar. Hay quien se enfunda “una falda imperativamente estrecha (y confía en un) momentáneo poder”. Cuidado con eso, “porque la acción sexual es pasajera en tanto que soberana y duradera la de lo social.”
Solo hay una forma de salir airoso de la cena de empresa: no ir.
Será por planes. Con la cantidad de reuniones de amigos que se acumulan en estas fechas. El “¡a ver si quedamos!” al que damos largas durante 360 días al año, esprinta en el tramo del lunes al viernes de la semana antes de Navidad, y terminamos por proponer hora y garito para todas y cada una de las convocatorias. Como si no fuéramos a vernos nunca más después de las fiestas. Como si en lugar del advenimiento del sempiterno ritual (a saber: deglución de turrones, berreo de villancicos, dispendio pecuniario, ingesta etílica y golpeo de familiares, no necesariamente por ese orden) lo que se nos viniera encima fuera un Armagedón producido por Bruckheimer, de los que aniquilan cualquier rastro de vida salvo unos pocos habitantes en la ciudad de Nueva York que, liderados por Will Smith, encontrarán la forma de salvar la Tierra en la última bobina…
No caerá esa breva. No. El mundo no se acabará el próximo viernes. Pero seguro que para entonces estaremos exhaustos, con hígados y estómagos reventones que producirán residuos sin parar. Los que hayan tenido cena de empresa supurarán, además, extra de bilis.
Si hay quien aún no ha tenido la cena con los amigos, te recomiendo el destartalado entorno colonial de Indochina. Abre todos los días, puede albergar multitudes y la comida es estupenda. Reserva una de esas fantásticas mesas redondas. Podrás charlar con todos y no solo con el que te toque al lado. Podrás mirarles a la cara y ver quién ha pasado un buen año y quién lo ha tenido peor. Podrás despotricar alegremente del trabajo y despellejar a los de la pandilla que decidieron no acudir en el último momento. El menú degustación ofrece por 20€ samosas, dim sum y tallarines picantes para empezar. De segundo, cuatro muestras representativas de su carta de fusión asiática, incluyendo gambas, pato, pollo y arroz.
¿Te parece caro? Entonces id directamente al chino del barrio. Por cursi que pueda parecer no es tan importante dónde vas sino con quién. En estas fechas, como dice mi amiga G, tan entrañables.
*La negrita la he cogido prestada de Bella del Señor de Albert Cohen, un libro que alguien calificó de hipercalórico y que es capaz, además, de satisfacer las necesidades más heterogéneas.
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The Banjar Space

Precio aproximado: 35€ (Con copa y sin contar a los niños)
El otro día comí con unos amigos en un restaurante balinés (balinés, natural de Bali, no me lo he inventado yo, lo dice la RAE. Ea con los misterios del Güindous: ¿Por qué Microsoft Word no reconoce la palabra balinés?…) Nos juntamos seis adultos, tres niños y un bebé. No cuento ni como adulto ni como niño al camarero con maneras de maitre que nos atendió. Majísimo es decir poco, educado, atento, paciente, ahora eso sí, parecía que el traje de chaqueta se le hubiera caído de un quinto piso al volver del instituto.
No había ni un solo comensal más en una sala que saturaba en tonos ocre y tienda de decoración de saldo, así q sentamos sin problemas en la mesa contigua a los tres enanos que, bendito entusiasmo, empezaron a practicar percusión con las copas en cuanto agarraron los cubiertos. Los mayores echamos un vistazo a los menús para darnos de bruces con la realidad de una carta en absoluto children friendly. Porque ¿qué pide uno para que coman los niños en un restaurante balinés? Pues ayuda al mini- camarero, que medita dándose importancia antes de decir "les puedo traer unos rollitos y un arroz nasi- goren. ¿Un platito para cada uno?" Y ahí es donde empiezas a echar de más tanta escuela de hostelería y lámpara de Habitat y desearías toparte con un camarero de esos de toda la vida que ni te dejan opinar y te sueltan "para los niños unos huevos con patatas fritas y salchichas", apuntando en su libreta sin mirarte siquiera.
Mientras los adultos compartíamos unos nems de verduras, un par de arroces, otros tantos currys (pollo y cangrejo) y un pescado envuelto en hoja de plátano, los niños se entretenían en ignorar sus exóticos platos combinados. Estaba todo delicioso pero para cuando el bebé M. se despertó pidiendo teta, los mayores habíamos rebañado hasta el fondo y aún teníamos la sensación de estar con los aperitivos. Y hete aquí que el desinterés de los niños por el nasi- goren se tradujo en un triunfo para nosotros porque dimos cumplida cuenta de lo que habían dejado, paliando de alguna manera nuestro atrofiado sentido de la mesura, que pecó -¡maldita educación de colegio de pago!- de discreto.
Para un presupuesto familiar medio del centro de Madrid The Banjar Space es un sitio muy recomendable para ir… a cenar. Si vas al mediodía pide algo de picar en cómún pero, al menos, un plato individual para cada uno.
Happy Meal
(kubelick dice)
Mi amiga G tiene razón: estamos rodeados. La gente de nuestra generación – los de los 80, los que se acuerdan dónde estaban el día que murió Kurt Cobbain, para los que Cocacola hace refrescos y Cuatro hace televisión – se ha puesto a tener niños como locos. Y no tienen solo uno, tienen dos y tres del tirón. Al contrario de lo que alguno pueda pensar, me encantan los niños. Cualquier comentario por mi parte que haga parecer lo contrario son ramalazos de envidia cochina. Y aplaudo a todos los que son capaces de conciliar coherentemente sus opciones de vida. Porque, digan lo que digan, sin tener alternativa la vida era más fácil y la generación de nuestros padres no sentía esta presión de que el globo terráqueo es tan pequeño que hay que darse al menos una vuelta. El verdadero reto hoy en día consiste en resistir la tentación de dejar a los churumbeles enchufados a Playhouse Disney, echárselos a la espalda y, desafiando las adversidades de la vida moderna, descubrirles el mundo. Aunque sea sin salir de casa. Sí, si, adversidades. Ahí va un ejemplo.El otro día comí con unos amigos en un restaurante balinés (balinés, natural de Bali, no me lo he inventado yo, lo dice la RAE. Ea con los misterios del Güindous: ¿Por qué Microsoft Word no reconoce la palabra balinés?…) Nos juntamos seis adultos, tres niños y un bebé. No cuento ni como adulto ni como niño al camarero con maneras de maitre que nos atendió. Majísimo es decir poco, educado, atento, paciente, ahora eso sí, parecía que el traje de chaqueta se le hubiera caído de un quinto piso al volver del instituto.
No había ni un solo comensal más en una sala que saturaba en tonos ocre y tienda de decoración de saldo, así q sentamos sin problemas en la mesa contigua a los tres enanos que, bendito entusiasmo, empezaron a practicar percusión con las copas en cuanto agarraron los cubiertos. Los mayores echamos un vistazo a los menús para darnos de bruces con la realidad de una carta en absoluto children friendly. Porque ¿qué pide uno para que coman los niños en un restaurante balinés? Pues ayuda al mini- camarero, que medita dándose importancia antes de decir "les puedo traer unos rollitos y un arroz nasi- goren. ¿Un platito para cada uno?" Y ahí es donde empiezas a echar de más tanta escuela de hostelería y lámpara de Habitat y desearías toparte con un camarero de esos de toda la vida que ni te dejan opinar y te sueltan "para los niños unos huevos con patatas fritas y salchichas", apuntando en su libreta sin mirarte siquiera.
Mientras los adultos compartíamos unos nems de verduras, un par de arroces, otros tantos currys (pollo y cangrejo) y un pescado envuelto en hoja de plátano, los niños se entretenían en ignorar sus exóticos platos combinados. Estaba todo delicioso pero para cuando el bebé M. se despertó pidiendo teta, los mayores habíamos rebañado hasta el fondo y aún teníamos la sensación de estar con los aperitivos. Y hete aquí que el desinterés de los niños por el nasi- goren se tradujo en un triunfo para nosotros porque dimos cumplida cuenta de lo que habían dejado, paliando de alguna manera nuestro atrofiado sentido de la mesura, que pecó -¡maldita educación de colegio de pago!- de discreto.
Para un presupuesto familiar medio del centro de Madrid The Banjar Space es un sitio muy recomendable para ir… a cenar. Si vas al mediodía pide algo de picar en cómún pero, al menos, un plato individual para cada uno.
Y si tienes niños, felicidades. Seguro que a estas alturas ya te has dado cuenta de lo que han cambiado las cosas desde que eras pequeño. Y mira que se hartaron de avisarnos “cuando seas padre comerás huevo"… Los que tus hijos te dejen, claro.
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GIFT (de ROOM- MATE) / Negro de Anglona


Gift (De ROOM- MATE).................................Negro de Anglona.
Cómo llegar......................................Cómo llegar
Teléfono: 917011069........................ .Teléfono: 913663753
Dos restaurantes y muchos platos cuadrados
(Felicis dice)
Y ahora os cuento de los dos restaurantes a los que he ido este fin de semana, que me han vaciado el bolsillo y me han dejado el sistema digestivo a explotar de gases.
1) GIFT (de ROOM- MATE)
Lo primero que piensas del Gift nada más entrar, sobre todo siendo un gañán como yo soy, es lo pretencioso de la decoración del local, con ese rollo setentero un poco trasnochado. Pero al final es todo tan consecuente en esas formas y colores que rozan lo ridículo, que resulta incluso acogedor. Pero la verdadera sorpresa fue que tanto el maitre como los camareros tenían un trato afable, nada altanero, como es ya de esperar en cualquier antro de moda en Madrid, que te traten como si te perdonaran la vida por dejarte comer en SU superlocal. No fue así, y la cosa terminó saliendo a 35 euros por cabeza, pero hubo dos botellas de vino incluidas y comimos bastante bien. O sea, que hasta en los restaurantes más adscritos a la religión del plato cuadrado (porque no lo dudéis, los platos eran cuadrados, y para más inri, sin bordes) se puede uno sentir bien tratado. Por eso os lo recomiendo. Si algún día os sentís tan espléndidos e inconscientes que no os importa dejaros más de 30 euracos en algún restaurante de Madrid (lo que se está conviertiendo cada vez más en un deporte de riesgo), el Gift es una opción bastante segura. Y del menú no os hablo, porque ya sabéis que de lo culinario yo no tengo ni idea (Kubelick, tronca, anímate y regálate algún post, aunque sea sobre la chacina ibérica, que de eso sé que vas bien servida últimamente). Sólo deciros que no me quedé con hambre, cosa que no puedo decir del siguiente restaurante...
2) El negro de Anglona.
Gastarte 40 euracos en un restaurante para nada más salir zamparte muerto de hambre el pastel de calabaza que una amiga tenía en el coche, resulta cuando menos irónico. Y si vuelves a pensar en los 40 euracos, resulta patético. Esto es lo que ocurrió nada más salir del Negro de Anglona, que tenía el mismo espírutu ostentoso del GIFT sin rastro del rollito irreverente y descuidado (más chuequil, quizás) que tan bien le vendría. Porque la diferencia de precio por cabeza no fue tanta (apenas 5 euros más), pero bien es verdad que comimos bastante (mucho) menos, y que aunque en ambos restaurantes los platos eran minimalistas, aquí lo eran muchísimo más (las guarniciones, por ejemplo, eran casi inexistentes). Lo que más me gustó de la carta fue el salmorejo desconstruído con helado de aceite de albahaca, que me recordó a la sopa de tomate fría con helado de aceite de oliva que una vez probé en la que fue prácticamente mi primera incursión en el mundo de los restaurantes de copete, el Kikuyu . Pero cuando el platito llega a la mesa te entran ganas de llorar. Para emepezar, no es un plato, sino una minúscula copa de cóctel que se te termina en tres cucharadas (de postre). Y así con todo lo demás. Con cada plato que llega, más hambre que sientes. Y cuando por fin llega la delirante cuenta, y encima te intentan colar en ella un plato que nunca llegó a la mesa, lo flipas. Porque que hasta en estos sitios de tan alto nivel te vangan con gitanadas de ese calibre hace cuanto menos gracia. Que se confundan en el McDonalds tiene un pase, pero en este tipo de restaurantes, no.
El pastel de calabaza, por cierto, que nos zampamos luego, estaba exquisito. Y eso salió gratis.
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Y ahora os cuento de los dos restaurantes a los que he ido este fin de semana, que me han vaciado el bolsillo y me han dejado el sistema digestivo a explotar de gases.
1) GIFT (de ROOM- MATE)
Lo primero que piensas del Gift nada más entrar, sobre todo siendo un gañán como yo soy, es lo pretencioso de la decoración del local, con ese rollo setentero un poco trasnochado. Pero al final es todo tan consecuente en esas formas y colores que rozan lo ridículo, que resulta incluso acogedor. Pero la verdadera sorpresa fue que tanto el maitre como los camareros tenían un trato afable, nada altanero, como es ya de esperar en cualquier antro de moda en Madrid, que te traten como si te perdonaran la vida por dejarte comer en SU superlocal. No fue así, y la cosa terminó saliendo a 35 euros por cabeza, pero hubo dos botellas de vino incluidas y comimos bastante bien. O sea, que hasta en los restaurantes más adscritos a la religión del plato cuadrado (porque no lo dudéis, los platos eran cuadrados, y para más inri, sin bordes) se puede uno sentir bien tratado. Por eso os lo recomiendo. Si algún día os sentís tan espléndidos e inconscientes que no os importa dejaros más de 30 euracos en algún restaurante de Madrid (lo que se está conviertiendo cada vez más en un deporte de riesgo), el Gift es una opción bastante segura. Y del menú no os hablo, porque ya sabéis que de lo culinario yo no tengo ni idea (Kubelick, tronca, anímate y regálate algún post, aunque sea sobre la chacina ibérica, que de eso sé que vas bien servida últimamente). Sólo deciros que no me quedé con hambre, cosa que no puedo decir del siguiente restaurante...
2) El negro de Anglona.
Gastarte 40 euracos en un restaurante para nada más salir zamparte muerto de hambre el pastel de calabaza que una amiga tenía en el coche, resulta cuando menos irónico. Y si vuelves a pensar en los 40 euracos, resulta patético. Esto es lo que ocurrió nada más salir del Negro de Anglona, que tenía el mismo espírutu ostentoso del GIFT sin rastro del rollito irreverente y descuidado (más chuequil, quizás) que tan bien le vendría. Porque la diferencia de precio por cabeza no fue tanta (apenas 5 euros más), pero bien es verdad que comimos bastante (mucho) menos, y que aunque en ambos restaurantes los platos eran minimalistas, aquí lo eran muchísimo más (las guarniciones, por ejemplo, eran casi inexistentes). Lo que más me gustó de la carta fue el salmorejo desconstruído con helado de aceite de albahaca, que me recordó a la sopa de tomate fría con helado de aceite de oliva que una vez probé en la que fue prácticamente mi primera incursión en el mundo de los restaurantes de copete, el Kikuyu . Pero cuando el platito llega a la mesa te entran ganas de llorar. Para emepezar, no es un plato, sino una minúscula copa de cóctel que se te termina en tres cucharadas (de postre). Y así con todo lo demás. Con cada plato que llega, más hambre que sientes. Y cuando por fin llega la delirante cuenta, y encima te intentan colar en ella un plato que nunca llegó a la mesa, lo flipas. Porque que hasta en estos sitios de tan alto nivel te vangan con gitanadas de ese calibre hace cuanto menos gracia. Que se confundan en el McDonalds tiene un pase, pero en este tipo de restaurantes, no.
El pastel de calabaza, por cierto, que nos zampamos luego, estaba exquisito. Y eso salió gratis.
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Café Óliver

Brunch, nunca mais
(felicis dice)
Cuando algo tan in como el brunch se convierte en tu peor enemigo, es que algo falla en esta ciudad. O en mí, no sé. Kubelick me llamó el sábado pasado para informarme del plan dominical: que nos vamos de brunch, a un sitio super de moda en la calle Almirante. "Gracias a Dios, no es en la Latina", pensé yo, harto de resacas fashion y de los desfiles de gafas de sol plaza Paja arriba, plaza Paja abajo.
Así que el domingo me levanté feliz de tener un plan tan super mega moderno y neoyorquino. Ay de mí, debí atender al primer presagio, y es que no encontré kiosko de camino ni pude llegar al local en cuestión con El País bajo el brazo. Tremendo fallo en una mañana de domingo moderna, progre y alternativa como Dios manda.
Llego a la cita con Kubelick (muac, muac) y lo primero que veo es que el local está a tope. Hago la temida pregunta: ¿cuánto hay que esperar? Un rato, nos dicen. Pero no importa, porque el sitio es la caña y va a merecer la pena, pienso yo.
A la hora de espera, y cuando por fin nos sientan a los siete que éramos en la mesa, te dan la carta y ves que el brunch de los cojones nos va a salir a 22 euros ..por pringao (y eso sin incluir el blodimeri). Las ínfulas neo alternativas se te bajan a las plantas de los pinreles.
Los camareros, amargados por currar en domingo, tampoco te hacen cambiar de opinión. El pedido, que la chica tarda media hora en apuntar, incluye un Actimel (y no me queda claro si esto del Actimel es algo fashion o más bien marujoide), media copa de zumo de naranja o de plátano y fresa (de bote, que quede claro), el pan, la mantequilla, los huevos y una ensalada de frutas de temporada.
"¿Cuál es la fruta de temporada?", pregunto. Respuesta de la camarera: "¡Pues no sé, la de temporada!" "Claro, claro", contesto yo, alucinado. Lo mejor es que al final esa ensalada no era más que una macedonia de la de toda la vida, eso sí, enriquecida con orujo de oliva.
Ah, y el café. Pero hubo que pedirlo unas cuantas veces. También hubo que pedir azúcar hasta tres veces (éramos siete comensales, y cada vez traían tres sobrecitos, no fuera a ser que nos diera una subida de glucosa).
El blodimeri, por supuesto, lo iba a pedir el jani. Yo ya no hacía más que pensar en los 22 euros, cada vez que tenía que hacer placaje con los camareros para conseguir un poco más de leche, un vaso de agua o que te llenaran la copa de zumo como Dios manda (que no es Dom Perignon, cojones!). Kubelick mientras le hacía fotos a los recipientes superfashion en los que traían cada vez los tres sobrecitos de azúcar. ..De tres en tres, de tres en tres.
Al final, lo único bueno de este insigne Café Oliver es la encargada, Teresa. Hija, me compadezco de ti, rodeada como estás de camareros que no saben ni llegar a la conclusión de que a una mesa de siete tienes que ponerles por lo menos siete sobres de azúcar. Que no hace falta saber hacer una integral para eso...
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Cuando algo tan in como el brunch se convierte en tu peor enemigo, es que algo falla en esta ciudad. O en mí, no sé. Kubelick me llamó el sábado pasado para informarme del plan dominical: que nos vamos de brunch, a un sitio super de moda en la calle Almirante. "Gracias a Dios, no es en la Latina", pensé yo, harto de resacas fashion y de los desfiles de gafas de sol plaza Paja arriba, plaza Paja abajo.
Así que el domingo me levanté feliz de tener un plan tan super mega moderno y neoyorquino. Ay de mí, debí atender al primer presagio, y es que no encontré kiosko de camino ni pude llegar al local en cuestión con El País bajo el brazo. Tremendo fallo en una mañana de domingo moderna, progre y alternativa como Dios manda.
Llego a la cita con Kubelick (muac, muac) y lo primero que veo es que el local está a tope. Hago la temida pregunta: ¿cuánto hay que esperar? Un rato, nos dicen. Pero no importa, porque el sitio es la caña y va a merecer la pena, pienso yo.
A la hora de espera, y cuando por fin nos sientan a los siete que éramos en la mesa, te dan la carta y ves que el brunch de los cojones nos va a salir a 22 euros ..por pringao (y eso sin incluir el blodimeri). Las ínfulas neo alternativas se te bajan a las plantas de los pinreles.Los camareros, amargados por currar en domingo, tampoco te hacen cambiar de opinión. El pedido, que la chica tarda media hora en apuntar, incluye un Actimel (y no me queda claro si esto del Actimel es algo fashion o más bien marujoide), media copa de zumo de naranja o de plátano y fresa (de bote, que quede claro), el pan, la mantequilla, los huevos y una ensalada de frutas de temporada.
"¿Cuál es la fruta de temporada?", pregunto. Respuesta de la camarera: "¡Pues no sé, la de temporada!" "Claro, claro", contesto yo, alucinado. Lo mejor es que al final esa ensalada no era más que una macedonia de la de toda la vida, eso sí, enriquecida con orujo de oliva.Ah, y el café. Pero hubo que pedirlo unas cuantas veces. También hubo que pedir azúcar hasta tres veces (éramos siete comensales, y cada vez traían tres sobrecitos, no fuera a ser que nos diera una subida de glucosa).
El blodimeri, por supuesto, lo iba a pedir el jani. Yo ya no hacía más que pensar en los 22 euros, cada vez que tenía que hacer placaje con los camareros para conseguir un poco más de leche, un vaso de agua o que te llenaran la copa de zumo como Dios manda (que no es Dom Perignon, cojones!). Kubelick mientras le hacía fotos a los recipientes superfashion en los que traían cada vez los tres sobrecitos de azúcar. ..De tres en tres, de tres en tres.Al final, lo único bueno de este insigne Café Oliver es la encargada, Teresa. Hija, me compadezco de ti, rodeada como estás de camareros que no saben ni llegar a la conclusión de que a una mesa de siete tienes que ponerles por lo menos siete sobres de azúcar. Que no hace falta saber hacer una integral para eso...
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