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Shake Shack




Cómo llegar
Teléfono: ‎6467478770

La cuenta, por favor 

El calor en Nueva York en verano es insoportable. A unas temperaturas desproporcionadas se une la combustión de los coches, los vapores del metro, los efluvios de los almacenes subterráneos. Reconozco que todos esos detalles, cuando corre el aire, me resultan pintorescos e incluso atractivos, pero la humedad caliente de la isla vuelve los paseos pegajosos, pesados y sucios, y tengo la sensación permanente de que voy a echar a hervir en cualquier momento. Siempre habrá quien te diga que el invierno cerrado es peor, y, oye, va en gustos, pero yo recomiendo ponerse a cubierto cuando el termómetro Fahrenheit ronda los cien grados. Un buen plan, si además has decidido visitar la ciudad con críos, es echar medio día en el Museo de Historia Natural. Los enanos se lo pasarán pipa con los bichos, fliparán con la ballena que se tragó a Pinocho y sentirán la tentación de liarla parda, al estilo de Katharine Hepburn, con las reproducciones de los dinosaurios. Justo a la vuelta de la esquina, hay un Shake Shack, otro gran hito de la creación digan lo que digan los nutricionistas. Aquel que combinó por primera vez las hamburguesas con batidos, gracias, estés donde estés. Eres un ídolo personal mío y de legiones de niños que, como yo, piensan que esa combinación de dulce y salado es algo colosal. Los padres, además, pueden reivindicar su condición observando cómo preparan las hamburguesas de sus churumbeles: la cadena de manipulación, esa que los macdonalds y burgerkings ocultan a los clientes con paneles y mostradores, está en Shake Shack a la vista de todos. Otra cosa es que des por buena la (ridícula) afirmación de que lo que allí se sirve es sanísimo y libre de grasas saturadas. Es un garito de junkfood que sirve una carne notable, luminoso, agradable, bien acondicionado, mucho mejor que la media, que ya es bastante.





JG Melon





Cómo llegar
Teléfono: +12127440585

La cuenta, por favor




Meryl Streep es una divinidad contemporánea que no venero. Empecé a tolerarla cuando hizo Los puentes de Madison, pero hasta entonces la consideraba una fábrica de mohines y acentos, sobreactuada siempre, incapaz de ocupar un segundo plano, omnipresente y acaparadora. Al principio de su carrera se especializó en papeles fríos y antipáticos y, con un físico cuanto menos peculiar, tampoco entendía que los tíos en las películas se volvieran locos por ella. Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista, le decía Woody Allen en Manhattan pero yo, aparte de un pelazo impresionante, no le veía guapura por ningún lado. El colmo del sinsentido llegó con Memorias de África, donde se ligaba a un Robert Redford de tomapanymoja parapetada tras unos sombreros tipo ensaladera y jugando 
a ser la reina de hielo. Más allá de sus recursos interpretativos, que sinceramente creo que están sobrevalorados, digámoslo claramente: me caía mal. Y creo que todo empezó con Kramer contra Kramer, película que vi con ocho o nueve años y que, claramente, no entendí. Con esa edad interpretas las situaciones de ficción acorde a tu realidad y pensar que mi madre pudiese imitar al personaje de Streep y cumplir aquella amenaza de un día cojo la puerta y no me veis más el pelo me aterrorizaba. Joanna Kramer, aparecía al principio de la historia y, casi sin decir hola, dejaba tirados a su marido y a su hijo. No sabíamos nada de ella, sólo que estaba harta de su vida y que necesitaba cambiarla. La película de Benton dibuja un personaje muy complejo desde la distancia, centrándose en el padre atribulado interpretado por Dustin Hoffman. Desde mi prisma infantil, simple y egoísta, era incapaz de percibir los detalles más sutiles de la historia, el abandono de la relación de pareja, lo cabrón e insensible que él era, el vacío, la frustración y la depresión de ella; para mí no era más que una tipa desnaturalizada que abandonaba a un crío chico con un padre que, pobrecito, no sabía ni hacer las tostadas del desayuno. La mala pécora, no contenta con eso, justo cuando el pobre Hoffman empieza a cogerle el tranquillo a lo de ser amo de casa, a organizarse la rutina con su hijo, aparece de nuevo reclamando al pequeño. Este encuentro tiene lugar en el pub JG Melon, uno de los lugares más carismáticos del Upper East Side.

Cuando se rodó la película no llevaba ni cinco años abierto. Si el éxito del film aumentó su clientela no es algo de lo que se vanaglorien: JG Melon es como el vecindario, como la Streep, arrogante, soberbio, conocedor de su poderío. Todas las alabanzas que hayáis leído sobre la hamburguesa que aquí sirven, así como los diez dólares que cuesta están completamente justificados: el filete gordo cubierto con una capa de cheddar muy amarillo y varias tiras de bacon muy hecho, rizado y crujiente, es excelente. De las paredes cuelgan todas las recreaciones posibles de watermelons, o sea, de sandías, la fruta que vaya usted a saber por qué preferían los fundadores del establecimiento, Jack O'Neill y George Morges, la jota y la ge. Al fondo del comedor hay una pequeña fotografía que recuerda discretamente la violenta escena de Kramer contra Kramer, una película que he vuelto a ver muchas veces de adulta. Ahora sí entiendo a Joanna Kramer, su miedo, su cobardía y su estampida. Curiosamente, también Meryl Streep me cae mejor. Incluso me parece mejor actriz.


(aged.)





Cómo llegar
Teléfono: 0012127120700

La cuenta, por favor



De día es un local más del Upper West Side donde lunchear o brunchear, monísimo y nada original, como esa obsesión por el little white dress que todas las tiendas de ropa tienen esta primavera del dos mil doce. De noche, sin embargo, la barra del (aged.) luce como una veterana de los años cuarenta, tan elegante bajo la luz dorada que entran ganas de echarse el mechón sobre el ojo y sacar la pitillera. Las ensaladas son enormes, las hamburguesas, muy recomendables y ponen aceite de oliva como aperitivo.





Paul's place




Teléfono: +12125293033

Otro sitio de esos que dicen imprescindibles para tomar hamburguesas en Nueva York es Paul’s Place. No me gusta ni la mitad que The Corner Bistro pero la de Paul’s Place es LA HAMBURGUESA. Es un ejemplar enorme, la carne está muy buena aunque no es demasiado sabrosa, es viejuna, como son las carnes americanas, perfecta para regarla con kétchup, mostaza, relish o salsa barbacoa sin que te dé pena. El pan tiene demasiada presencia, es el clásico bollo de hamburguesa que a  mí no me vuelve loca, muy grande, tosco y deleznable. 
Paul's Place es, como dice el letrero de la puerta, "da burger joint", abigarrado, con los specials enmarcados, los posters publicitarios y las banderitas; con Bon Jovi clamando por bad medicine en la radio y el único latino de Nueva York que no habla español en la barra. En definitiva, una hamburguesería auténtica, que lejos de ser neoyorkina, es americana y que hace de esa uniformidad, de esa falta de originalidad, su emblema. La experiencia en Pauls Place es igual que la que puedes vivir en cualquier otro punto del país: según las palabras de su dueño, “Paul's Place, your home away from home”, o sea el sitio en el que cualquier Dick, Tom o Harry, sea del estado que sea, se sentirá como en casa.


The Corner Bistro





Cómo llegar
Teléfono: +12122429502


La cuenta, por favor


La mejor hamburguesa de Nueva York


Mariam se ha ido hoy a Nueva York y yo me muero de la envidia. “Restaurantes, recomiéndame restaurantes” me decía el miércoles pasado, cortando mi entusiasta espíritu de cicerone. Me sorprendí cayendo en ese tópico de “la mejor hamburguesa, en el Corner Bistro” Pero es que es completamente cierto. Es la mejor. De las que yo he probado, claro. Siempre habrá quien se dé pisto e intente convencerte de que lo que se sirve en este bar del West Village, pequeñito, oscuro y nada atildado, no es para tanto: como en el capítulo de Cómo conocí a vuestra madre titulado igual que este post, que la mejor hamburguesa te la tomas en un garito sin nombre, perdido en no sé qué barrio, con una puerta verde y un letrero de neón rojo en el que se lee “burger”. Pues fenomenal, pero si no me sabes indicar las coordenadas, seguiré volviendo al Corner Bistro.

En “the last of the bohemian bars in West Greenwich Village”, puedes comer en la barra o en la mesa. Elijas lo que elijas, te tocará esperar. Siempre hay cola pero, como no sirven postres ni cafés, el relevo es bastante rapidito. La hamburguesa es deliciosa. Pequeñita, especiada y jugosa, metida en un pan con regusto dulce, poco voluminoso y pelín elástico, que deja marcada la huella ondulada de los dedos sobre la cubierta de sésamo. Las patatas, cortadas finitas para garantizar el punto de crujido perfecto, van aparte; los platos y cubiertos son de plástico, se usa, se tiran y que pase el siguiente. Tienen un montón de cervezas, de barril y de botella y las sirven frías. Y es baratísimo. Baratísimo para el Village, para Nueva York, para Madrid y para Albacete (supongo, nunca he estado). Pero, cuidado, llevad preparados los billetes porque no aceptan tarjetas.

Spott





Teléfono: 915320218


Careto (super natural...) que intenta reflejar la mala leche que le entra 
a una cuando tiene que esperar cuarenta minutos para comer.

Me cuenta mi amiga Mariam que llevaba siglos queriendo ir al Vecchia Milano y que, animada por mi entusiasta post del Doce de Octubre, se fue con su hermana poco después a probar el plato del día. No le gustó nada. Fuera por las altas expectativas o porque ese día no estuvieron inspirados, se les atragantó el plato de pasta y la carrillada, la una insulsa y la otra demasiado dura. Sucede todo el tiempo. Con la comida, con el cine, con los viajes. El lunes por la mañana desgranas en la pausa del café la maravillosa película que viste el día anterior con razones de peso que justifican que se trata de una obra incontestable. Pues nunca falta el que te dice “huy, sí, la he visto: vaya coñazo”. Tu argumentación se va a la porra y, oyendo la otra parte, cualquiera diría que se trata de dos pelis distintas. Claro que solemos buscar el consenso entre la gente que nos gusta, la que nos cae bien, con la que tenemos cosas en común. Pero es imposible que todos los elementos estén sincronizados para repetir la misma experiencia una y otra vez.

Otro ejemplo. Zomas Osborn me aconsejó hace tiempo el Spott como un sitio donde tomarse una hamburguesa "perfecta" advirtiendo, eso sí, que el ambiente era “piji-snob de falsete”. Llevo dos tercios de vida intercambiando recomendaciones con Zomas y sé que en cuanto a cine tiene sus rarezas pero los dos sabemos lo que tiene que tener una hamburguesa para conquistarnos. Pues al final, ni el ambiente (agradable, con la cocina a la vista, muy chulo) ni la hamburguesa (rica y acompañada de forma original pero muy lejos de ser “perfecta”) tuvieron la culpa de que yo le haya echado la cruz al Spott. 

Según llegamos habían perdido la reserva y no sabían dónde sentarnos. De muy malas formas nos acoplaron en una mesa fuera del comedor, en la zona de aperitivos situada frente al gran ventanal. El que aparentaba ser el responsable del garito, un guapino con pinta de niño bien, se manejaba con una actitud autosuficiente y prepotente que dejaba claro que su actividad habitual no incluía servir mesas. Pero lo cierto es que, de forma bastante torpe, era él el encargado de organizar la sala. Pedimos una Cocacola y una Coronita y nos trajeron dos Carlsberg. Pedimos dos hamburguesas especiales y nos sorprendieron con un aperitivo de verduras en tempura muy rico que nos comimos, convencidos de que era un gesto de desagravio. Resultó que se habían equivocado y que el rebozado era el primer plato del menú degustación. En ambos casos nos trataron como si la culpa del error la tuviéramos nosotros. Cuarenta minutos después, llegó la hamburguesa. “Oye”, le pregunté al pijo, “¿esto es siempre así?”, con la única intención, lo juro, de echarle un capote y que tuviera la opción de justificarse. Sin perder una pizca de soberbia, reconoció que alguien “les había dejado tirados en el último momento” y que “habían tenido que improvisar”, cosa que es perfectamente entendible y que podría haber sido un perfecto rompehielos al principio, antes de que todo empezara a caerme muy muy mal.

Así que, cuando al poco quedé para tomar café con Zomas Osborn, tuve que decirle aquello de “¿te acuerdas del sitio que me recomendaste? Un horror, amigo”, sin poder echarle la culpa a una mala calidad de la comida o a un local que no daba la talla. Estoy convencida de que hay un montón de gente que ha tenido un momento estupendo en el Spott. No fue mi caso. 


Mercado de la Reina / Alfredo's Barbacoa




 

Mercado de la Reina ..............Alfredo's Barbacoa
Cómo llegar..........................................· Zona Retiro:Como llegar 
...............................................................Teléfono: 91 576 62 71
Teléfono: 915213198..................................· Zona Cuzco: Cómo llegar
............................................................... Teléfono: 91345 16 39

Gloria bendita


(kubelick dice)

"You've got to laugh a little, cry a little, until the clouds roll by a little…", llevo toda la semana tarareando la misma melodía y acordándome de Spencer Tracy. The glory of love era el leitmotiv musical de Adivina quién viene esta noche, película en la que Tracy da uno de los más sencillos, hermosos y lúcidos discursos sobre el amor que se hayan visto nunca en el cine, en la tele, en un altar o en la pista de una discoteca. La película, así como el discurso, tenían como objetivo argumentar la estupidez que suponía oponerse a la relación entre la blanca Joanna Drayton, hija de Tracy (& Hepburn) en la ficción, y el negro John Pentice, o sea, Sidney Poitier.

Las familias de Joanna y John representaban dos ejemplos tan diferentes como auténticos de la sociedad americana: los unos WASPS sofisticados, cosmopolitas y pedantes, y los otros negros (pronunciado /nigros/) accesibles, campechanos e ignorantes. Al final de la película, los Drayton y los Prentice terminaban, como recomendaba el Dr. King "uniendo sus manos" y algo más, suponemos. Echando cuentas, si Joanna y John hubiesen tenido un hijo este sería hoy, aproximadamente, de la misma edad que Barack Obama, el recién elegido presidente de los Estados Unidos. De ahí la asociación de ideas y mi persistente tarareo.

Obama es también, como los Prentice y los Drayton, profundamente americano. El país que parió el Jazz es el único capaz de conseguir en una sola generación una fusión de proporciones tan equilibradas, tan perfectas: el prototipo de un producto destinado a triunfar. Solo recuerdo otro ejemplo en la historia de Estados Unidos que haya picado tan alto como Barack Obama: la Hamburguesa.

El abuelo de la Hamburguesa, el Steak Tartar, viajó desde su Rusia natal hasta Alemania donde, a principios del XIX, engendró con una sabrosa cebolla de Hamburgo a su padre, el Frikadelle. Desde pequeñito el Frikadelle estuvo en boca de todos, convirtiéndose muy pronto en la comida favorita de los marineros que frecuentaban el puerto. Seducido por las promesas de prosperidad que venían del otro lado del Atlántico, un día y sin venir a cuento, cual Leonardo Di Caprio henchido de espíritu aventurero, se coló de extranjis en uno de los numerosos barcos que salían para Estados Unidos. Pero como ocurre en las grandes sagas de pioneros, en cuanto pisó la tierra prometida su rastro se perdió durante años. Se dice que el Frikadelle anduvo por Wisconsin y que se buscó la vida en Ohio. Cuentan, incluso, que toda esta historia ocurrió mucho antes y que tuvo un primer descendiente en Nueva York en 1826. Pero lo cierto es que la primera vástiga oficial del alemán Frikadelle está registrada en 1895 en Conetticut. La llamaron Hamburguesa, como orgullosa reivindicación de su origen inmigrante. Fuera como fuese antes de aquello y a partir de entonces, al albor del nuevo siglo, el XX, la Hamburguesa se había establecido ya como el All- American Meal.

No es más que un bocadillo de carne a la parrilla, queso, lechuga y tomate, sazonado con mostaza, kétchup y/o mayonesa. Multinacionales aparte, en Madrid se pueden degustar dos tipos de Hamburguesa muy distintos. Las dos, por lo que las une y por lo que las diferencia, estupendos ejemplos de mezcla de elementos básicos. En el Mercado de la Reina podemos encontrar tumbada sobre un mollete, 200 gramos de jugosa ternera con cebolla caramelizada, queso Manchego, tomate y lechuga romana, cosmopolita y sofisticada como los Drayton. Pero si lo que realmente nos apetece es algo accesible y campechano, si lo que nos tira es el rollo Prentice, entonces tenemos que ir a Alfredo's Barbacoa. Allí nos daremos un homenaje con los casi 300 gramos de una Súper Alfredo's con lechuga y tomate cortado sin miramientos, pediremos extra de queso y bacon, la rociaremos con todo lo que encontremos en el combo de las salsas y la acompañaremos con una patata asada, una mazorca con mantequilla y, el que le guste, con una ensalada de col.



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