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Berdi





Cómo llegar
Teléfono: 915438371


El Berdi es un restaurante al que voy a cenar regularmente con el mismo grupo de amigos desde hace más o menos un año. En las antípodas del síndrome del plato cuadrado, el Berdi es un lugar austero: tiene tragaperras y televisiones encendidas, y una luz cruda que, como diría Norma Desmond, no favorece nada. En el Berdi, sin embargo, a todos se nos ve muy guapos. La excelente comida y el mejor servicio tienen mucha culpa de los estupendos momentos que hemos pasado allí en los últimos meses. Como plato fuerte, solemos pedir la carne de Ávila en trozos, con patatas y pimientos del padrón. La calculan a ojo, con mano generosa, a razón de los comensales. El resto del menú lo componemos a base de raciones, berberechos, pulpo, calamares; las gambas, al ajillo o a la plancha, son magníficas. 
El pasado miércoles probamos las ostras por primera vez. Celebrábamos, en plan ostentoso, lo que para nosotros era el notición de la semana. La película Arrugas, coescrita por Ángel de la Cruz, principal instigador de estas soirées gastronómicas, había hecho historia en los premios Goya ganando, no sólo el premio a la mejor película de animación, sino también al mejor guión adaptado. Que le llegue un reconocimiento así a una persona a la que quieres, hace mucha ilusión; que sea para un tipo como Ángel, un ser humano excepcional en todos los aspectos, más aún. Pero lo mejor de todo, y casi siempre lo más difícil de conseguir, es que el triunfo de tu amigo venga por una película bonita y que te apetezca recomendar a todo el mundo. Arrugas, empujada por el Goya, ha vuelto a los cines. En cierto sentido, es una emocionante historia de aventuras. No os la perdáis. 


Aitana






Cómo llegar
Teléfono: 965786069


Un tal Christopher Moltisanti me ha hecho llegar esta fábula sobre uno de mis restaurantes favoritos, Aitana, del que ya hablé en un post titulado Violencia y sexo. El señor Moltisanti ha elaborado una divertida y certera descripción de la aventura que supone comer en este bareto de Denia.
(Christopher Moltisanti dice)

Una fábula a la Sade

-Raúl, si quieres fumar, te vas a la puta calle.

Raúl pone de inmediato el tabaco y el mechero encima de la barra. Asegura que ni se le pasaba por la cabeza. Sonríe azorado. No es para menos: uno no termina de acostumbrarse a que le haga escarnio un camarero. El resto de los clientes nos sentimos solidarios con su vulnerabilidad: o ya hemos sido interpelados en parecidos términos o notamos la posibilidad de que suceda.


En Aitana, en Denia (Alicante), los clientes sobran. Sea laboral o festivo, se arraciman en las tres únicas mesas del local o aprietan en la barra, cercados por una segunda fila igual de compacta avizorando la ocasión de hacerse un hueco. A Ximo, el dueño y señor del lugar, también su único camarero, le gusta hacerles notar que ellos son muchos y él sólo uno, y además con derecho de admisión.


-Al que venga después de las tres, ¡que le den por culo, no come!


Se lo grita a un conocido, por ejemplo Raúl, pero los aludidos somos todos. Que ninguno olvide quién manda, el privilegio que disfruta comiendo de pie en la barra de su tasca. Otro día puede que no tenga tanta suerte. Llegará hambriento, la boca acuosa después de toda la mañana anticipando el momento, y Ximo le dirá que se vaya a tomar por culo, que no son horas. Es posible que el infortunado se ofenda y no vuelva. Pero lo más probable es que espere unos días y todavía con el honor sin cauterizar pruebe suerte de nuevo a una hora menos multitudinaria (aunque en Aitana todas lo son).


Ximo viste camisas de manga corta de colores discretos y fatigados por el uso. La de hoy es azul a rayas. Dos rasgos hacen memorable su cara: el diastema en las paletas delanteras y la protuberancia de los ojos engastados en los pliegues de unas ojeras del mismo color moreno que el resto de la cara. El pelo encanecido, la lustrosa calva y ciertos surcos gestuales inducen a echarle unos sesenta años. Lo más probable es que sean menos a juzgar por la energía y precisión robótica de sus movimientos. Uno podría preguntarle su edad exacta, pero una vez toma aire para despejar la duda la curiosidad afloja: el dato no parece lo bastante importante para exponerse a un bufido o, peor, al ayuno. Hasta el cliente más inquisitivo estima más su comida que los pormenores de la biografía de quien se la sirve. Las paredes de Aitana, mondas casi por completo de elementos decorativos, presentan un único punto de luz sobre el pasado de su dueño. Al lado de la puerta de la cocina una placa dorada, legible sólo para el que se acerque, conmemora un curso de formación de camareros de 1992 del que Ximo –aquí Joaquín y sus dos apellidos- fue “el PROFE”. El aprensivo parroquiano se pregunta cómo trataría a los aduladores redactores del memento, a tenor de cómo se dirige casi veinte años después a sus clientes.

Detrás de la cortina de cuentas de la cocina asoma un delantal. ¿Su mujer, una empleada? La voz de Ximo, tan estentórea fuera, es apenas audible cuando está dentro de la cocina, de donde sale con los platos que requieren alguna elaboración, una ensalada, clotxines o pescadito frito. El resto de las viandas (gambas y cigalas recién cocidas, algo de fruta y verdura) está bien visible en una vitrina detrás de la barra. Ximo coge las raciones con la mano desnuda y las pone delante de los clientes sin más preámbulos. La bebida prescrita es vino blanco de Rueda. Tolera que le pidan cañas u otras bebidas no alcohólicas, pero su cara trasluce desaprobación ante semejantes desviaciones de la norma. Nadie bebe vino tinto en Aitana.

La pregunta qué queremos comer es retórica. Comeremos lo que haya. El menú apenas varía: gambas, cigalas, clotxines, tellinas y  calamares rebozados son los platos habituales. Todo comprado en la lonja el día anterior, si nada disuade al dueño de la conveniencia de abrir como por ejemplo que el Real Madrid tenga partido de Champions. La calidad del género y la pericia con la que está cocinado es indiscutible. Al ser el menú limitado y el local pequeño (no más de 30 metros cuadrados de planta), Ximo y su cocinera componen una cadena de producción de dos capaz de dar de comer a más de cincuenta personas sin que nadie se impaciente. Los cinco platos del menú aparecen frente al cliente con cadencia precisa, sin demoras ni atropellos, uno a la vez. Ximo sabe dónde está cada vaso, botella o útil del local. Casi siempre se anticipa a los deseos del cliente. Si este le pide algo, le atiende sin vacilar ni olvidarse ante la contingencia de otra tarea más urgente. No por casualidad fue maestro de camareros. 

La cuenta por persona ronda los veinticinco euros, postre (algún dulce frugal), café y bebida incluidos. Dos carteles bien visibles dejan claro que las tarjetas de crédito y los talones están proscritos; y un tercero, más prosaico y jocoso, moraliza sobre la falta de lesa amistad que supone fiar. El cálculo somero del parroquiano impertinente apunta a que, descontando el sueldo de su única empleada y el coste del género, Ximo es millonario. Sorprendería que le quedara un margen de beneficio inferior a quinientos euros al día.

Cuando hace casi media hora que el último despistado con la pretensión de comer pasadas las tres ha sido ahuyentado, a Ximo le gusta confraternizar con los clientes rezagados, en especial si son clientas y hermosas. Se acerca, suspira y con la mirada perdida suelta: “Hasta los cojones” o expresión parecida. Debe ser tedioso regentar el restaurante más exitoso y próspero del pueblo, piensan los abordados de modo tan oblicuo e inopinado, que por supuesto prefieren silenciar cualquier comentario que no sea un bovino y sincero elogio de la comida. Es posible que la deficiente comicidad de Ximo vaya más allá, que se sienta efusivo y te quiera hacer cómplice de su intimidad, como a un amigo al que confía una revelación que recordará agradecido el resto de la vida. Entonces abre un cajón y, dándole la espalda al resto de parroquianos, muestra una foto en blanco y negro de Franco joven pero ya caudillo. El bastón de mando y el armiño que le cruza el pecho hacen pensar que está disfrazado de Napoleón. Pero esa es otra opinión que el cliente, ávido de echarse la siesta, se guarda para sí.  

Moraleja

Si quieres que el cliente no tenga razón, tratarle a la baqueta y que vuelva a por más, deja de estafarle con el género y el precio de lo que come. 

Red Lobster





Cómo llegar
Teléfono: +12127306706


La cuenta, por favor


Esta es una imagen de la primera vez que fui a Nueva York.


Esa langosta de plástico promocionaba la cadena de restaurantes Red Lobster y debía seguir la misma ruta que los autobuses de turistas porque, allá donde fuéramos, el marisco sobre ruedas aparecía. Era el año 2000, yo no tenía ni un duro para gastar y comer era secundario. Por culpa de @arenasllop, mi camarada en aquel viaje iniciático, asocié durante años la imagen del crustáceo a “los mariscos de Sam Woo” por los que Woody Allen decía que merecía la pena vivir.

¡Qué mal comimos entonces! Qué reparo nos daba sentarnos en cualquier sitio y hacer el paleto: leer los precios de forma incorrecta, pedir demasiado, no calcular bien la propina y acabar fregando los platos… Como Mark y Joana en “Dos en la carretera”, terminábamos colando chucherías de extranjis en la habitación del hotel para calmar el ruido de nuestras tripas.

En siguientes visitas a Manhattan, siempre que pasaba por Times Square, tenía un reflejo pavloviano total cuando veía el enorme cangrejo colgado de la fachada del restaurante: empezaba a salivar convencida de que la langosta era el plato más apetecible del mundo. Claro que me daba reparo su condición de monstruo atrapa guiris, pero un día, sin meditarlo mucho, me lancé: iba a zamparme una suculenta langosta en el Red Lobster. Ahora ya tenía margen de crédito en la tarjeta y nadie me pondría la cara colorada si la cuenta se iba de las manos. 

Lobsterita!
No esperaba marisco de calidad. Esperaba la versión americana del marisco, algo muy grande, con rebozados y salsas: plástico adornado pero plástico sabroso. La cosa se quedó en plástico sin más. La famosa melted butter con la que acompañan todos los platos no es un aderezo de mantequilla, es grasa sin sabor y no le hace ningún apaño a un animalito que, si estuvo vivo en Maine en algún momento, fue encerrado en un vivero. Sin embargo, y a pesar de que aún recuerdo esa carne insulsa y enguachinada como uno de los grandes bajones culinarios de mi vida, la visita mereció la pena por un motivo: la lobsterita, o lo que es lo mismo, una pinta de margarita de fresa servida en copa, que me emborrachó lo suficiente como para no tomarme demasiado en serio el dispendio.

Xentes


Teléfono: 913664266



La foto, para variar, no hace justicia al plato.
Estaba delicioso.
Menudo arroz con bogavante que nos ventilamos el pasado domingo, perdón, lunes dominguero día 2 de mayo. En el Xentes a Gema la tratan como si fuera accionista. Bueno, en el Xentes y en más de la mitad de los garitos de La Latina; ella cree que es porque se deja el sueldo en tapas, que también, pero lo cierto es que es tan maja que todos la adoran así que no solo comimos bien sino que nos eximieron de pagar los cafés y algún que otro postre, y nos dispensaron trato de celebrity. Se quejaba mi amiga, latinera desde hace una década ya, de que en “muchos de los restaurante del barrio te tratan mal, son muy antipáticos”. Que no hace falta que me invites a nada, pero si vengo todas las semanas, dame al menos las buenas tardes. 

Del bogavante no quedó ni la be, rascamos el fondo de la marmita con ganas. Los berberechos al vapor, que en este sitio son superiores, me supieron a poco, hubiera pedido sin pensarlo otra ración. Me quedo, además con sus croquetas, su empanada de zamburiñas y vieiras y sus pimientos, estupendas alternativas para cuando no te apetece mesa y mantel y prefieres picar algo en la barra. 

Aitana





Cómo llegar

Teléfono: 965786069


Violencia y sexo
(kubelick dice)

Los mariscos son unos bichos feísimos. Menos mal. Si fueran bonitos tendríamos que cambiar la manera que hemos elegido para degustarlos. Los cocemos vivos para luego desmembrarlos en el plato. Un ritual al que nos hemos acostumbrado, en parte, porque estas criaturas parecen invasores alienígenas de una historia de ciencia ficción. Por un momento nos convertimos seres primitivos, destrozamos el cuerpo del animal con nuestras propias manos y arrancamos con los dientes hebras de carne, mientras sus fluidos corporales nos resbalan entre los dedos. Y, encima, todo el rollo nos pone cantidad. Ese sempiterno efecto afrodisíaco que produce despedazar a un ser vivo y la íntima conexión entre bivalvos, crustáceos y el área genital son como tirarle a Freud (quien, según tengo entendido, odiaba el marisco) sus manuales a la cabeza.

De los poco agraciados animalicos que pueblan las fosas marinas hay uno particularmente desagradable y, quizá por esta razón, sabrosísimo. La galera es un crustáceo que entierra su mal encarada facha en túneles de arena en el fondo del Mediterráneo.
Los días de mal tiempo, las aguas revueltas destrozan su escondrijo y ponen al descubierto al suculento descerebrado. Yo lo encontré por primera vez a la plancha, como parte de un menú degustación en Denia. Al verla torcí el morro: en una ciudad donde las gambas son de color carmín, la galera parecía la prima albina y contrahecha. No se puede ser más fea. Y no se puede ser más incómoda de comer, además. No en balde, se las llama “gambas armadas”: tienen a lo largo del cuerpo unos pinchitos que pasan desapercibidos en un primer vistazo pero que se despliegan en cuanto clavas tus incisivos en su blandísimo caparazón. Como una última ofensiva post mortem, “tú terminarás por engullirme, maldito, pero yo te voy a dejar el interior de la boca hecha jirones.”

El Aitana es uno de esos garitos con personalidad propia que abre cuando quiere. En Guia Maximin.com describen a la perfección el local y las condiciones que se tienen que dar para encontrarlo disponible al público. Allí sirven marisco sin florituras, feo y fresquísimo, recién salido del baño de contraste que supone pasar del Mediterráneo a la olla hirviendo. A mi me saca de mis casillas no dominar la situación, no poder reservar cuando me apetece, llamar por teléfono y no obtener respuesta, acercarme a su puerta para ver, una y otra vez, el cartelito de "cerrado". La ansiedad que provocan las ganas reprimidas se van acumulando, y día que lo encuentras abierto, del Aitana sales con ese cuerpo que se te queda después de un buen revolcón.

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