Mostrando entradas con la etiqueta DIGIRIENDO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DIGIRIENDO. Mostrar todas las entradas

¿Cuánto cuesta?


Está feo preguntar el precio en los restaurantes. Incluso con la crisis, aun con las habichuelas contadas, en según qué situaciones sigue sin ser una costumbre aceptada averiguar de antemano lo que nos van a cobrar por la retahíla fuera de carta o los “especiales del día” pintados en la pizarra que no vienen registrados en el menú junto a la correspondiente cantidad de euros. Hace unos días me gané el desprecio de un mesonero cuando le sugerí que me chivara por cuánto nos iba a salir la carne que nos estaba ofreciendo. Aunque joven, el tipo es de esos de Madrid de toda la vida y mi grupo de amigas son clientes habituales de su local. “Es algo que tengo solo una vez al mes, algo especial”, decía, con el aspaviento castizo por excelencia: pecho hinchado, cabeza adelantada, palmas hacia adelante y expresión de “tu verás lo que haces”, para incidir en el agasajo que suponía sustituir el solomillo que habíamos pedido por una ternera que, según nos contaba, le traían de la Sierra. En un arranque de cautela, levanté las cejas y le pregunté “¿y de esto cómo se queda?, acompañando la interrogación con el gesto inequívoco de frotar índice y pulgar. Me miró como si le hubiera mentado a la madre, “yo a la gente que conozco la trato bien”, espetó. Yo solo quería calcular si el incremento en calidad iba a ser directamente proporcional a la subida de la cuenta, lo que no es nada malo, entra dentro de una estrategia comercial lógica: pides algo bueno, yo te ofrezco algo mejor y, si te cuadran las condiciones, Santas Pascuas. Pero él interpretó el movimiento ilustrativo de mis dedos como una acusación implícita. Nada más lejos de mi intención. 


Robata


  
Teléfono: 915218528

¿Ha cerrado el Robata? 

El Robata es uno de los restaurantes japoneses más laureados de Madrid. Un espacio precioso, con tatamis reservados para comer en el suelo, puertas correderas con paneles traslúcidos de papel de arroz, complementos en madera de cerezo… y un sashimi delicioso a un precio nada competitivo. Hace años que no iba. Hay taaantos japoneses para elegir en Madrid y, de un tiempo a esta parte, tan poco dinero en el bolsillo que siempre tiro por una opción más asequible. Bueno pues anoche, a eso de las 12, pasé por delante de la puerta y me encontré este panorama.   
He llamado al número de teléfono y ONO me informa de que actualmente no hay ninguna línea en servicio con esta numeración. ¿R. I. P. Robata?

.

¡También ella!


(Felicis dice)

¡También ella! Esa chica que cada domingo anhelo; a la que leo también de miércoles en miércoles; la que me hace reír y, últimamente también, llorar; a la que una sola vez vi en persona y lo único que fui capaz de decir es que apestaba a jazmines. Ella (sí sí, ella) también reniega de la secta del plato cuadrado!!

Ahí, la tenéis: Elvira Lindo, tan mundana y tan excepcional como siempre.

El fin de una era

(Felicis dice)

Tengo una amiga que vive en París desde hace ya muchos años, y con la que cada vez que viene a Madrid hacemos un recorrido por los restaurantes de moda de la capital (la mayoría de ellos, por supuesto, en Chueca, que aunque se está poniendo de un intenso bastante insoportable, todavía tiene ese aire irreverente que esperemos no termine agonizando). Esta amiga, además, es de Logroño, y su familia está en el negocio vitivinícola, con lo cual elegir un tinto o un blanco con ella se convierte en todo un ritual, al menos para simples allegados como yo. Y cuando a la hora de la copa, va y se pide una copa de champán, te termina desarmando (¡yo que me creía con clase por pedir gintonics!).
Pero a lo que iba. El otro día la conversación derivó en el artículo sobre la era del plato cuadrado del que ya hablé en este mismo blog. Y sobre cómo Madrid se está volviendo tan trendy como Barcelona (para lo bueno y para lo malo, por el encorsetamiento en las maneras). Ya sabéis: todo ese fenómeno que está convirtiendo a los restaurantes en pseudomuseos de arte contemporáneo con platos desectructurados a base de ensaladas templadas con queso de cabra y cebolla caramelizada, steaks tastars y salmorejos deconstruidos con helado de aceite de oliva. Mi amiga, la parisina, puso los puntos sobre las íes. Eso será en Madrid o en Barcelona, dijo, porque ahora en París la tendencia es la opuesta, y todos los restaurantes huyen del plato cuadrado y vuelven a las clásicas redondeces.
¿Quiere esto decir que en Madrid la era del plato cuadrado tiene también fecha de caducidad? De ser así, aún quedaría bastante, porque no ha hecho más que empezar, pero, ¿hay esperanza?, ¿tiene el plato cuadrado sus días contados?. Esperemos que sí, que por estos lares nos demos cuenta pronto de los desatinos de esta era que comienza, porque la tendencia española suele ser la de quedarse atascados en supuestas modernidades que nunca lo han sido, por lo que creo que nos queda plato cuadrado y ensalada de espinacas para rato.



.

La era del plato cuadrado

(felicis dice)

Hoy el suplemento de Madrid de El País nos ha regalado este lúcido artículo de Eduardo Verdú. Es reconfortante ver que hay gente que piensa como nosotros. Con la mención que ha hecho este hombre de la ensalada con queso de cabra (ese totem sobre el que se sustenta nuestro blog), se me han saltado las lágrimas. Definitivamente, no estamos solos.
No, ¡¡si al final nos vamos a convertir en grupo de presión!!
¡Kubelick, a ese muchacho tan majete hay que invitarlo a comer ya!



.

Me lo como todo

(felicis dice)
Cuando empezamos este blog, Kubelick y yo parecíamos tener el mismo objetivo. Pero ahora me doy cuenta de que quizá no sea exactamente el mismo. Aunque tal vez no sea malo, tal vez sean complementarios.
Me explico. Todo se debe a mi falta de paladar. Cuando Kubelick me dice que la comida de un restaurante es mejor que la de otro, yo callo y otorgo, porque la verdad es que no puedo rebatir su opinión. Vamos, es que ni siquiera tengo una opinión propia.
Yo llego a un restaurante, busco el pollo, lo pido y me pongo hasta las trancas. Que el plato es minimalista, pues pido más pan. Y ya está. Kubelick se pide un filete y si no está bueno, no se lo come. Yo pido un filete y me lo como. No pienso, me lo como. En mí sigue habitando ese niño con sobrepeso al que cuando era un bebé su madre preparaba “explosivos” (que así los llamaba) a base de quesitos, pescado, verduras cocidas, galletas, naranja, huevo y plátano. Así, todo junto. En la minipimer. Y por lo visto yo jamás rechisté. ¿Eso es un paladar exquisito? Pues no, eso es un sol de niño con todas las papeletas para ser un adulto gordo, y aunque ahora no lo soy (y mi trabajo me cuesta), mi paladar ya quedó atrofiado para siempre.
Por eso veréis que en mis posts apenas hablo de si la comida está buena o no, porque es algo que no soy capaz de discernir más que a grandes rasgos. Y cuando en el post anterior hablo de que los huevos rotos de En busca del tiempo son una sombra de lo que solían ser, me refiero a la cantidad, no a la calidad. Aunque creo que Kubelick tendría que añadir que también es aplicable a la calidad.
Y a eso es lo que quería llegar. Que yo al final me estoy centrando en el trato recibido como cliente, mientras que Kubelick se está refiriendo más a la calidad culinaria de los platos. Pero el objetivo es el mismo, advertiros de que la cosa, en materia de bares y restaurantes, en Madrid, está cada vez más inaguantable. ¿Qué más queréis?
Ahora bien, si preferís seguir yendo como borregos a los restaurantes más fashion de la capital para degustar todas las variantes de cutrensaladas templadas con sucedáneo de queso de cabra, y disfrutar como buenos masocas que seréis del trato de los camareros, este no es vuestro blog.
Felicis

A modo de declaración de intenciones...

(felicis dice)
Una aclaración para seguidores. Lo de la foto de Cuando Harry encontró a Sally no es sólo porque la peli mole mogollón (que también), sino porque trata de una ciudad que, además de ser la caña, es un ejemplo a seguir en cuanto al servicio hostelero. Da igual que el restaurante o la cafetería sean de lo más cutres; allí, el servicio es alucinante.

A saber:
1) los camareros te muestran continuamente su megasonrisa profidén y esos dientes tan blancos que sólo los americanos saben tener;
2) lo primero que hacen es llevarte unos estupendos vasos de agua con hielo (en España te puedes morir de sed y caer deshidratado antes de que te coloquen algo en la mesa);
3) tras los vasos, se presentan y te dicen su nombre, para que sepas a quién acudir o por quien preguntar en el supuesto casi imposible de que te sientas abandonado;
4) continuamente se pasan por si necesitas algo más;
5) sonríen, vuelven a sonreír, bromean.

Y mucho más.

El cliente español, acostumbrado al pasotismo en nuestros restaurantes, puede sentirse incluso acosado al principio. Pero rápido se acostumbra uno a lo bueno, y cuando vuelves a cualquier restaurante español, especialmente ésos que se las dan de estar a la última, sueles sentirte ultrajado.

Una amiga que vive en Nueva York ya desde hace un tiempo me dice que lo de Estados Unidos tiene una razón de ser: los camareros no tienen sueldo fijo, o tienen un sueldo base muy bajo y dependen de las propinas. ¿Injusto? Pues no sé qué decirte, más injusta me parece la tiranía a la que estamos sometidos los clientes aquí en España.

Y sí, nos encanta Nueva York, esa jungla de asfalto que no es ni tan jungla (más quisiéramos aquí ser la mitad de civilizados), ni tan de asfalto (para comprobarlo, píllate un avión y date un paseo por Central Park o cualquier otra zona verde; eso son parques, y no el Retiro); pero que quede claro que nosotros también, como tú, lector progre y a la última, odiamos a Bush.

Felicis