Olsen




 


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La cuenta, por favor


Perfectos

(kubelick dice)


Suecia es el reino de la perfección. Es el paraíso poke yoke donde no hay margen de error, donde todo funciona como tiene que funcionar. En su capital se celebra cada año ese culto último a la excelencia en forma de entrega de premio que son los Nobel. Todo lo que tiene que ver con Suecia es como debe ser, preciso como un Volvo, efectivo como un mueble de IKEA, matemático como una canción de ABBA. Los suecos son sencillamente perfectos. Probablemente por eso se suicidan tanto. Debe ser insoportable.

Los chapuceros e improvisadores reinos del sur nos gastamos con estos rubiales el mismo trato que el listo dispensa al empollón en el colegio: ridiculizamos sus virtudes ocultando una profunda admiración por lo bien que coge los apuntes. Los mismos apuntes que intentaremos copiarle en cuanto se descuide y de los que sacaremos el mayor provecho posible a partir de la ley del mínimo esfuerzo. Es cuestión de echarle morro.

Germán Martitegui es un listo q un día decidió darle un toque de personalidad a la fría, sosa y, definitivamente aburrida forma de comer de los suecos. No en balde, la cocina es parte de la idiosincrasia de los pueblos. Y es que, lo que no se le ocurra a un argentino… Abrió la primera versión de Olsen en Buenos Aires y repitió jugada en Madrid. Le salió estupendamente porque lo que básicamente es salmón, queso azul, arándanos y vodka se transforma en Olsen en una experiencia de lo más chic. Cocina de "plato cuadrado" libre de toda sospecha por lo excelente de su materia prima. Que para algo es un restaurante sueco.



*RUIDO ENTROMETIDO


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1 comentario:

Uno de los de siempre dijo...

Uno de los de siempre se acuerda también de que en el Olsen realizan con una extraña delicadeza activa y efectiva un acto tan sofisticado como es el de servir la mesa. Si algo tenemos los seres humanos es una capacidad impresionante (e imprescindible, sobre todo para mí que soy gay... vivan los tópicos)de disfrutar los rituales... y criticarlos. El caso es que el guante del servicio del Olsen estaba impecable. Sus tiempos acertados y cada cosa estaba en su sitio. Como debe ser (Basta ya de fast chic food que para algo pagas una pasta).
Uno de los de siempre se acuerda también de que, en efecto, allí sólo hablaban demasiado mal y, por supuesto altísimo, los marcianos de la despedida de soltero. Aunque decidieran pasar de los típicos salones llenos de chicas medio desnudas y pasaran también de vestir al homenajeado de travesti o de folclórica, seguían gritando a lo macho cabrío. Pero debo dejar claro que es la primera vez que me pasa en el Olsen, pues no acostumbra a tener ese tipo de especies urbanas.
Y aprovecho este momento que me da la gloria para pedir una plataforma destinada a abolir las bodas y sus circunstancias.
Agradecida muchas gracias y hasta la próxima.