Hotel Restaurante Los Patios

Teléfono: 957478340


La cuenta, por favor

El digestivo

El pacharán, el orujo blanco, el licor de hierbas, servidos siempre en vaso de chupito o en copa de balón, es ese detallito con el que los restaurantes se tiran el rollo de generosos cuando te has zampado una comilona considerable. Dicen que tiene propiedades digestivas pero yo siempre he pensado que, si la intención es asimilar bien los 50 eurazos por barba, ya podrían estirarse e invitar a unos gin tonics. Porque no nos engañan, “casero” no es sinónimo de “mejor”, sólo de “más barato”. Para ellos, claro, porque en la bendita España de la melancolía perpetua los meseros insisten en cobrarte un plus por ofrecerte lo mismo con lo que tu abuela cebó a su numerosa prole en una economía de posguerra. El orujo es el colmo del reciclaje. Se obtiene destilando el bagazo de la uva. Bagazo, eufemismo que da categoría a una etiqueta en la que debería poner “este emborrachador está elaborado a partir de desperdicios”. Eso es, la piel, las semillas y los tallos de la uva, o sea, que todo lo que no es zumo, es bagazo.

Después de estar de cata por Córdoba durante dos días, a la búsqueda de las berenjenas a la miel y el salmorejo perfectos, decidimos hacer tiempo hasta la hora de coger el tren tomado un licorcito de sobremesa en uno de esos maravillosos restaurantes con patio situados frente a la mezquita. El local es impresionante, repleto de geranios, ficus (¿fícuses?), cintas, potos y buganvillas, y, vale, no llegamos a comer, así que tampoco es que nos lo fueran a regalar. Pero me parece a mí que 5,25 eurazos más IVA (del antiguo) por cáscaras de uva es una pasada.



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Aitana





Cómo llegar

Teléfono: 965786069


Violencia y sexo
(kubelick dice)

Los mariscos son unos bichos feísimos. Menos mal. Si fueran bonitos tendríamos que cambiar la manera que hemos elegido para degustarlos. Los cocemos vivos para luego desmembrarlos en el plato. Un ritual al que nos hemos acostumbrado, en parte, porque estas criaturas parecen invasores alienígenas de una historia de ciencia ficción. Por un momento nos convertimos seres primitivos, destrozamos el cuerpo del animal con nuestras propias manos y arrancamos con los dientes hebras de carne, mientras sus fluidos corporales nos resbalan entre los dedos. Y, encima, todo el rollo nos pone cantidad. Ese sempiterno efecto afrodisíaco que produce despedazar a un ser vivo y la íntima conexión entre bivalvos, crustáceos y el área genital son como tirarle a Freud (quien, según tengo entendido, odiaba el marisco) sus manuales a la cabeza.

De los poco agraciados animalicos que pueblan las fosas marinas hay uno particularmente desagradable y, quizá por esta razón, sabrosísimo. La galera es un crustáceo que entierra su mal encarada facha en túneles de arena en el fondo del Mediterráneo.
Los días de mal tiempo, las aguas revueltas destrozan su escondrijo y ponen al descubierto al suculento descerebrado. Yo lo encontré por primera vez a la plancha, como parte de un menú degustación en Denia. Al verla torcí el morro: en una ciudad donde las gambas son de color carmín, la galera parecía la prima albina y contrahecha. No se puede ser más fea. Y no se puede ser más incómoda de comer, además. No en balde, se las llama “gambas armadas”: tienen a lo largo del cuerpo unos pinchitos que pasan desapercibidos en un primer vistazo pero que se despliegan en cuanto clavas tus incisivos en su blandísimo caparazón. Como una última ofensiva post mortem, “tú terminarás por engullirme, maldito, pero yo te voy a dejar el interior de la boca hecha jirones.”

El Aitana es uno de esos garitos con personalidad propia que abre cuando quiere. En Guia Maximin.com describen a la perfección el local y las condiciones que se tienen que dar para encontrarlo disponible al público. Allí sirven marisco sin florituras, feo y fresquísimo, recién salido del baño de contraste que supone pasar del Mediterráneo a la olla hirviendo. A mi me saca de mis casillas no dominar la situación, no poder reservar cuando me apetece, llamar por teléfono y no obtener respuesta, acercarme a su puerta para ver, una y otra vez, el cartelito de "cerrado". La ansiedad que provocan las ganas reprimidas se van acumulando, y día que lo encuentras abierto, del Aitana sales con ese cuerpo que se te queda después de un buen revolcón.

Más sobre Aitana


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La Majada




 

(Km. 259 de la N- V)
Teléfono: 927320349

La cuenta, por favor


Operación retorno

(kubelick dice)

Dicen que lo que cuenta no es el destino sino el viaje en sí. Como metáfora de la vida no está mal, hay frases hechas para casi cualquier cosa. El caso es que, coincidiremos todos, si el atasco jode igual, no es lo mismo ir que venir. Continuando con las perogrulladas, no se disfruta de la misma manera un viaje de placer que uno de curro. Con las comidas es lo mismo. Ayer oí cómo fulanito le recomendaba a su compañero menganito que obligase a un cliente común a que le compensara con “una buena cena” no sé qué transacción comercial que había echado a perder. Esta es una de esas costumbres de posguerra aún sin corregir que no me entra en la cabeza. O sea, por una comida gratis estamos dispuestos a regalar horas extra acompañados de un tío, que ni es amigo ni nada y que, encima, nos ha fastidiado el día. Lo que nos lleva a la tercera evidencia simplona de hoy: importa, y mucho, con quién vayas y vengas.


Para los viajes por carretera es imprescindible tener localizado, según el gusto de cada uno, el sitio donde hacer la parada. Puede ser la estación de servicio con tienda y cafetería, con su baño que huele a Xampa recién fregado, cadena Dial de fondo y una joven latina en la barra que despachará baggettes de jamón serrano con brie, cocacola de grifo y palmeras de chocolate plastificadas. O puede ser el mesón anexo al puticlub, con ventanas tintadas sin limpiar desde el mundial 82, jamones colgando y quince tíos apoyados en la barra que, al pasar, te mirarán las tetas de reojo para volver inmediatamente a enfrascarse en el televisivo ritual del partido de la jornada. Es este tipo de baretos, eso sí, los bocadillos son de pan pan, la cocacola de botella y, si están en la mitad este de la península, ofrecerán miguelitos de postre. Sea el que fuere, más vale ir sobre seguro y no improvisar porque después de estar retrasando el descanso durante 40 kilómetros (“ en la siguiente salida… es que esta no se ve desde la carretera… a los 200 justos”, etc), dará igual que vayas acompañado del mismo Job: la ansiedad acumulada unida a la más que probable frustración de las expectativas derivará en la tradicional mosqueo “on the road”. Y aún queda la mitad del camino por delante.


De paso hacia donde sea por la Nacional V, hay un lugar extraordinario que destaca entre la morralla de los restaurantes de carretera. En las noches de verano de La Majada se come fuera, en un paraje perdido en mitad del campo, pegado a la imponente postal de Trujillo iluminado en lo alto. Las tardes de invierno se pasan en un comedor de piedra y madera más acogedor que muchos salones particulares. Aconsejo empezar con una ración de queso al romero (7 €) y pasar directamente a los mejores huevos fritos con patatas y jamón que he probado en mi vida (16 € por cabeza). Solo cuando su impecable servicio te traiga la cuenta recordarás que estabas de paso, que hay que salir de este universo paralelo, que hay que volver a la carretera. Nos lamentaremos entonces de no tener, como los pastores antaño, la libertad de extender el jergón en cualquier esquina para echarnos a dormir.


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Duquesa de Parcent





Cómo llegar 

Teléfono: 952190835


Precio aproximado: 35 €

Ladrones


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Ronda es una ciudad preciosa que no recomiendo visitar en verano. Hace el mismo calor que en la Costa del Sol pero la playa más cercana está a cuarenta kilómetros. Dar un paseíto supone perder resuello e higiene en un recorrido de quinientos metros, “estoy sudando como un pollo”, lo que te obliga a perder el sentido y comprar botellas de agua mineral a precio de barril de Brent. Para los taurinos, Ronda es el Sión de las corridas Goyescas y, a juzgar por las estatuas, plazas, calles y fotos en todos los establecimientos públicos, los Ordoñez son algo así como la aristocracia local. Superados los dieciséis, cualquier excusa es buena para tener colgado de tu pared un poster de Cayetano Rivera. A mí lo que interesa de verdad de esta familia es el hecho de que tengan a Orson Welles enterrado en el cortijo. Eso sí que es un puntazo para las visitas, contar que tienes plantado al Ciudadano Kane entre tomateras, olivos y mierda de toro.

En mi brevísima visita a la ciudad solo dos personalidades compitieron en omnipresencia con esta dinastía de matadores. La primera es Rilke. El escritor, que pasó a cuenta de alguna señora acomodada un par de meses en el Hotel Victoria para terminar la sexta de sus Elegías de Duino, bautiza bares, inmobiliarias, autoescuelas y, claro, librerías. El otro nombre que no dejaba de aparecer en los rótulos de la ciudad era uno que no me sonaba de nada: la Duquesa de Parcent. Tras una búsqueda estéril en la web y varias llamadas al Ayuntamiento y la Oficina de Turismo solo pude averiguar que esta señora era una filántropa rica de principios de siglo XX, que financió la construcción de talleres de artesanos y reformó el Palacio del Rey Moro. O sea, alguien que, en vez de mantener a algún poeta gorrón se gastó los cuartos en pagarle las facturas al Ayuntamiento. Duquesa de Parcent se llamaba el restaurante donde nos metimos a cenar y donde entramos en contacto con otro grupo conocido de la zona: los bandoleros.

Queríamos comer mirando al gran Tajo de Ronda y nos decidimos por el sitio que estaba vacío en vez de esperar turno en el contiguo, que estaba hasta la bola. Mal hecho. Del umbral a la mesa, la sensación de repelús solo fue en aumento. Era una de estas veces en las que tienes la certeza, casi desde el principio, de que te estás metiendo la boca del lobo.

Pedimos un par de entrantes para seis comensales. Representando al “jamón ibérico” aparecieron unas lonchas de Navidul salado de paquete abierto hace tres días, y por parte del “queso curado”, un semi de batalla, cortado por la mañana, que había pasado el día como nosotros, sudando la gota gorda. Mi plato se llamaba “Conejo de campo al tomillo con verduras y foie”. Quién dijo miedo. Más frío que recalentado al microondas, me sirvieron un montón de huesecillos con trozos masticables pegados, que tenían textura de carne en conserva y sabor a Bovril crudo. De adorno, un bloquecito de paté a la pimienta al que no se habían molestado en borrar las marcas circulares del envase. “Eso te pasa por no pedir el solomillo”, se reían mis amigos, saboreando un mazacote de carne, a mi juicio, olvidable. Juro que lo mío estaba incomible. Pagué 35 euros. Cobrar esa cantidad por atiborrarme a pan con mantequilla es un atraco. El Tempranillo estaría orgulloso.


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Helios





 

Cómo llegar 
Teléfono: 965785318


La cuenta, por favor


Las endorfinas y el gato por liebre

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Sin obligación de madrugar, junto al mar, y con el único compromiso de llegar a tiempo para que no te levanten la mesa en tu chiringuito preferido no es necesario tirar de sustancias ajenas al propio cuerpo para colocarse. Las endorfinas se disparan cuando el sol se proyecta en vertical sobre las sombrillas. Si el suelo no quemara tanto, la euforia nos confundiría del todo, y estaríamos dispuestos a jurar que caminamos levitados. De existir un cacharro capaz de medir ese nivel de enajenamiento, la DGT haría controles para prevenir que la gente cogiera el coche aún sin haber tomado una gota de alcohol.

En estas condiciones, ¿cómo vamos a juzgar si lo que nos sirven es lo que hemos pedido o la versión fast food que tienen reservada para los guiris de temporada? El vaso de cerveza sabe a Fairy y cuatro personas distintas han obedecido a la voz de mando que, en la cocina, ha ordenado que “¡hay que echar sal a la paella!”, pero nos da igual. Somos como un grupo de quinceañeros tras un intensivo de hachís y Manu Chao, relamiéndose ante un emplasto de macarrones, tomate y atún como si fuera un Beef Wellington. No queremos pinchar el globo, así nos tragamos la verdad entonando el “¡qué gozada!”, puestos hasta arriba de Mediterraneo.

Yonqui perdida, seguiré yendo al Helios aún a sabiendas de que me están tangando con la comida. La acusación no es gratuita: un día que estaba nublado comí una estupenda paella valenciana.



Otras entradas sobre Helios


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Gumbo




 


Cómo llegar 

Teléfono: 915326361


La cuenta, por favor

Basing Street Blues

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Un día caes en la cuenta de que esto es lo que hay: ciertos sueños no se van a cumplir nunca. Ya me he hecho a la idea, por ejemplo, de que jamás podré descubrir los orígenes del jazz caminando por el French Quarter de Nueva Orleans. Por mucho dinero que los "famosetes" se gasten en reconstruir la ciudad, y aunque las agencias de turismo afirmen que todo ha vuelto a la normalidad, los testimonios de los habitantes que salieron corriendo y de los visitantes ocasionales coinciden en que aquello tiene ya muy poco de Dixieland y mucho de Katrina Ville, o sea, la versión recauchutada de lo que dejó el huracán. Seguro que es precioso pero es que no soy yo muy de parques temáticos.

Buscando algo de aroma cajún en Madrid, me planté un mediodía de sábado en el Gumbo de la Calle del Pez. El local, en realidad, no olía a nada, lo cual es estupendo por
que, de un tiempo a esta parte, la ventilación es la asignatura pendiente en todos los locales de la capital. Pronto descubrí que el ambiente estaba desahogado no porque el arquitecto hubiera hecho las tareas, sino porque alguien había dejado una puerta abierta; una puerta que daba a uno de esos cuartos “trastenderos”, a medio camino entre la trastienda y el trastero.

Sin estirar mucho el cuello, cualquier comensal podía ver un ordenador encendido y una
pila de archivadores repletos de albaranes, facturas y tarjetas de proveedores. Era ese tipo de cubículo ciego donde los folletos de propaganda se desparraman sobre las cajas de cascos de refrescos vacíos. Donde el Betadine y el esparadrapo comparten balda de estantería con un paquete de palillos sin funda, y donde están a punto de escurrirse y de caer al suelo, con todo su polvo acumulado, los manuales de instrucciones de la freidora, la licuadora y el exprimidor, que, contrario a lo que pueda parecer, sirven para hacer cosas distintas. En una caja sin tapa y con fondo de pasta de cartón mezclado con agua de fregar, ceniceros de Heineken, vasos de tubo de JB, gorras de Coca Cola y pelotas de playa de Sweppes desinfladas desde que el señor de gafas anunciaba la tónica.

Por los altavoces, Louis Armstrong recopilaba clásicos de lo mejor del jazz, a partir de Septiembre en su kiosco: Hello Dolly, La vie en rose, Mack the knife y, claro, What a wonderfull world; ni pizca de Wild Man Blues. Así que olfato, vista y oído se empeñaban en recordarme que estaba en una tasca de Malasaña que servía comida de Louisiana. Al menos, los tomates verdes estaban bien fritos y deliciosos y el cangrejo de caparazón blando, sabroso y picante. El arroz de la guarnición, sin embargo, era un montón de granos de textura irregular, insulsos y mal cocinados: unos muy pasados y blandurrios, otros duros y deleznables. Algo muy parecido a masticar tierra. La única experiencia sensorial del día remotamente cercana a una visita al Golfo de México. Supongo.



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